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Un colectivo de Medellín hace teatro para ciegos

El colectivo experimenta y le apuesta al arte incluyente. No siempre es fácil, pero perduran.

  • La rueda flotante trabaja en las líneas del teatro sordo y el teatro ciego. El público que se aventure a sus puestas en escena deberá despojarse de los prejuicios y, por unos minutos, de las prerrogativas de los cinco sentidos. FOTO JAIME PÉREZ
    La rueda flotante trabaja en las líneas del teatro sordo y el teatro ciego. El público que se aventure a sus puestas en escena deberá despojarse de los prejuicios y, por unos minutos, de las prerrogativas de los cinco sentidos. FOTO JAIME PÉREZ
Ángel Castaño Guzmán | Publicado el 28 de junio de 2022

Los actores se reúnen, se sientan alrededor de una fogata imaginaria. El director —Juan Diego Zuluaga—lee un trozo de El castillo Huzmer, de José Manuel Freidel. La tropa se sintoniza con la cadencia y la estructura del texto, deja de ser quien es para convertirse en un personaje de la ficción. Este grupo de teatro es único en Colombia: la mayoría de sus integrantes o no tiene el sentido de la vista o carece del de la escucha.

Las palabras aletean en las manos de Zuluaga —de lentes pequeños y barba negra—. Al principio con dudas y luego con firmeza, los actores recitan de memoria los parlamentos, se mueven con cautela por la pequeña tarima. En esta casa del centro de Medellín —una cuadra arriba de las Torres de Bomboná, cerca del Homero Manzi— tiene su sede La rueda flotante.

La escena tiene un tono macabro, misterioso. Una mujer hace las veces de canino que husmea y muerde a los visitantes. Ella y otro actor –estudiante de la Universidad de Envigado– son los únicos que ven y escuchan. En este punto los artistas están de lleno metidos en sus papeles. Casi todos tienen los ojos cerrados.

La rueda flotante trabaja en las líneas del teatro sordo –el énfasis está puesto en la gestualidad y el lenguaje de señas– y del teatro ciego –el hincapié se hace en los paisajes sonoros y en la voz de los actores–. El público que se aventure a sus puestas en escena deberá despojarse de los prejuicios y, por unos minutos, de las prerrogativas de los cinco sentidos. En lo demás, el grupo se parece al resto de grupos de teatros de la ciudad: vestuario, iluminación, escenografía.

***

Dice Juan Diego sobre la trayectoria y los proyectos del colectivo cultural: “La rueda flotante está cumpliendo diez años. Con unos compañeros quisimos explorar otra forma de hacer teatro. Las personas sordas y ciegas tienen una percepción diferente, acá no hablamos de discapacidad. No los tratamos como los pobrecitos. Ellos tienen la percepción puesta en otros sentidos. Empezamos a experimentar con ellos y llegamos al teatro sensorial. Es un teatro hecho por sordos y ciegos para sordos y ciegos: se hace en la oscuridad o es totalmente sonoro, gestual.

Nuestros procesos formativos son empíricos, porque no hay escuelas de arte sordo ni de arte ciego. En la ciudad y en el país no hay centros especializados en estos tipos de arte. En otros lugares del mundo sí los hay. ¿Qué empezamos a hacer?: empezamos a viajar a otros países, a investigar. Hemos estado en Europa, en Estados Unidos, en Latinoamérica. De esa experiencia nació el Festival Internacional de Arte Sordo y Arte Sensorial.

Este año estamos buscando recursos para hacer el festival número 10. Lo hemos hecho consecutivamente cada año. En Colombia no existe un lugar parecido a este y lo sabemos porque tenemos un impacto nacional. O sea, viajamos a Bogotá a hacer temporadas de teatro, viajamos por el país y por la ciudad y tenemos un laboratorio regional. Con ese laboratorio lo que hacemos es que vamos a hacer talleres de formación en competencias lingüísticas, comunicativas y artísticas con personas sordas y ciegas en Antioquia”.

*

El ensayo continúa. Cuando de la boca de uno de sus actores las palabras del texto se demoran en salir o se extravían en la memoria, el director, presto, lanza un salvavidas: recita la parte olvidada. Con esa punta de la madeja, el actor se sumerge de nuevo en el río de la ficción. Una de las actrices —distinta a la que simula ser un perro de la noche— mantiene puesto el tapabocas y conserva la distancia con sus compañeros. Teme contagiarse de la gripe que hace de las suyas en el invierno prolongado de Medellín.

Los actores vuelven a la normalidad. Escuchan las declaraciones del director. Asienten cuando lo oyen decir que el consumo cultural de personas con discapacidad auditiva o visual es muy limitado. No hay cine para ellos ni literatura ni música. El arte convencional los deja a un lado, está pensado y hecho para personas con los cinco sentidos intactos.

Esta es una de las razones por las cuales se reunieron a hacer para ellos lo que nadie, al menos en Colombia, había hecho. En un momento de la conversación Zuluaga suelta una pregunta provocadora: “Si en esta casa se habla lenguaje de señas, ¿quiénes son los discapacitados?”. No le falta un gramo de verdad a la idea: cada quien está excluido de algo.

Uno de los actores —Santiago Restrepo— tiene un grupo de guitarra y otra actriz —Mónica Tatiana Giraldo— acaricia el proyecto de lanzarse a algún cargo de representación de poblaciones vulnerables.

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Dice Santiago respecto al día a día de un habitante de Medellín con limitaciones visuales o auditivas: “Muchos dan el testimonio de que sí, que la ciudad nos está apoyando, que la ciudad está haciendo todo lo posible por quitar barreras arquitectónicas y todo lo que quiera, pero una cosa es la ciudad y otra cosa es la ciudadanía. El ciudadano de a pie, lastimosamente, día a día se muestra más indolente. Prueba de ello son los vendedores ambulantes: se ubican en la parte de la calle donde están las marcas para nosotros.

A veces no lo ayudan a uno a pasar por una calle y a veces, cuando lo hacen, lo toman a uno por sorpresa, no saludan ni se presentan. Claro, uno reacciona: vivimos en una ciudad con alta tasa de delincuencia”.

En las cuadras cercanas a la sede del teatro —cuenta Juan Diego con un mohín de enfado— los bandidos han asaltado a dos de los actores. Una cosa de no creer: si a la circunstancia de habitar la ciudad con una limitación tan importante —no ver el temblor de la luz en el ocaso ni los colores de los semáforos en los cruces de las autopistas, no oír los bocinazos de los carros en los trancones ni la lluvia contra el techo de las casas arracimadas en las laderas— se le suma la hostilidad de los demás y el caprichoso trazado de las calles, la vida en la urbe se convierte en un desafío mayúsculo, en una cuesta arriba.

Los actores recalcan que no buscan la piedad ni la compasión de la ciudadanía. No, eso no les interesa. Su lucha —en las tablas y en el activismo social— procura algo más complejo y simple, al tiempo: el reconocimiento que los suyos son los derechos de todos. A pesar del tamaño de sus limitaciones, pretenden que ellas no los encasillen en una categoría excluyente y total.

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En Colombia —según datos del censo del Dane de 2018—, hay poco más de tres millones de ciudadanos con alguna discapacidad. De esa cifra, los ciegos representan el 62.17 % (1´948.332 personas). Los números ofrecen pistas para armar el rompecabezas, para darse una idea. La diferencia entre la ocupación laboral de las personas con alguna discapacidad y el resto de la ciudadanía indica que los invidentes, sordos padecen más a la hora de conseguir un empleo y, cuando lo hacen, suelen quedar en renglones económicos de bajos salarios. La mayoría de los trabajadores con discapacidad se emplea en la agricultura, la ganadería, la caza, la silvicultura y la pesca.

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Con diez años de labores culturales, el colectivo La rueda flotante padece en carne propia la realidad de todo el sector cultural: las metas son más altas que el combustible para alcanzarlas. Los balances económicos tienden hacia los números en rojo. Los ingresos económicos por boletería son exiguos. A veces —cuenta entre risas Juan Diego—, después de una función la plata que queda no alcanza ni para el taxi de los actores y el personal logístico. Frente a los balances y los presupuestos, el fantasma del cierre y del recorte de actividades se vuelve una amenaza casi palpable. El director insiste en la urgencia del apoyo de la empresa privada a este tipo de proyectos artísticos. A lo largo de la charla insiste varias veces en ello. Los actores lo escuchan. Llegó el momento de volver al ensayo, a ser personajes imaginados por Freidel. El instante de salir de sí.

Si quiere más información:

Ángel Castaño Guzmán

Periodista, Magíster en Estudios Literarios. Lector, caminante. Hincha del Deportes Quindío.


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