Definitivamente el Dakar parece un juego de video, lleno de pasajes ocultos y tesoros escondidos que hay que ir a vivir y buscar. Hoy, desde la comodidad de mi oficina, puedo descaradamente juzgar el suave nivel de dificultad del Dakar de este año y caer en el error de subestimar los 450 kilómetros de especial que la caravana acaba de confrontar.
Los cortos especiales de televisión, fotografías y la prensa se resumen a tomar las imágenes más espectaculares acompañadas de fondos que fácil podrían catapultar una de esa imágenes a un concurso de fotografía. No sobran las postales de tragedia para el recuerdo del público y el espacio en la prensa.
Argentina tiene una de las más grandes aficiones por el deporte a motor que yo jamás haya visto. El público rodea el camino en busca del mejor show del planeta. Algunos dominan sobre los pastizales paralelos a la trocha y pacientes esperan el paso de uno de los vehículos que por su velocidad no identifican jamás.
Otros pasan el día familiar acompañados del mejor de los asados y su aroma acaricia el rostro de los corredores, haciéndoles recordar lo lejos que están de casa. Incluso se verá por repetidas acciones que el público cerca del paso, trata de tomarse una selfie en la mejor de las acciones.
Una parada inesperada
En algunas ocasiones recuerdo haber parado para llevar un toque de alegría al público que inunda la vía. Por momentos también haber hecho muy felices a niños mientras la carrera me dio el “tiempito” de parar. No olvido algunos casos imborrables momentos que detuve mi moto junto a niños con discapacidad para que tuvieran el chance y que la foto no les saliera borrosa. La mejor de todas, cuando te encuentras en etapa de enlace, bajas la velocidad para salir en el fondo de alguna foto familiar que decidió que tú serás parte de ella. Aceleras y te despides con un adiós.
Enmarcado, entonces, queda el recuerdo de aquellos momentos que el público argentino te hizo sentir como un rock star, por el simple hecho de estar ahí. La carne que probé al borde de carretera, la cerveza Quilmes que recibí un día de desespero, las incansables fotos en las que fui invitado a participar junto a delgadas mujeres de pelo rubio en sus mejores pintas de verano.
Con el pasar de los días del Dakar, el ogro que hay en ti, finalmente despierta. Por culpa de las cortas dormidas, los baños de agua helada en una cabina que no sé si es un cohete desmantelado, un bote salvavidas, o una cabina telefónica.
A esto debes alimentar tu estado con el mal resultado de la carrera anterior y mientras desayunas miras el papel de Sodexo que decora la bandeja, en la cual podrás ver el mapa de lo que falta y como harás para tragar los 800 kilómetros que deberás enfrentar ese día.
Gateando se acerca el hijo que no te dejó dormir, las palabras del papá borran tus resentimientos de la mala noche, e inundado de amnesia, sonreirás como si nada hubiera pasado. El Dakar es exactamente igual.
Salir del campamento a las 4:30 de la mañana, detener tu moto a escasos metros del punto de control y un acento argentino, a través del sonido ralentí y las espumas del casco, con todo el amor del mundo, inundarán de amnesia nuevamente cuando se escuche el “Vamos Colombia, fuerza Che”.
El Dakar está cargado de unos momentos especiales en tu vida de motociclista: pistas sinuosas, arenas paradisíacas para montar y llevar tu moto, caminos recónditos que encontrarás por ti solo, personas con el mismo sueño, y amigos del camino que, con la barrera del idioma y por señas buscan la forma de ayudarse.
Todo por la alegría de llegar a la meta del día y a la gran meta después de nueve mil kilómetros y 15 días de andar en moto (auto, quads o camión) sin saber para donde vas.
* Piloto antioqueño de motos, quien corrió tres veces el Rally Dakar