El tenis femenino colombiano atraviesa uno de sus momentos más delicados de los últimos años, y esta vez la advertencia no llegó desde un escritorio ni desde un informe técnico: llegó desde las redes sociales, de la voz de una protagonista. María Fernanda Herazo, tenista profesional y referente del circuito nacional, lanzó una denuncia directa, incómoda y necesaria que expone una realidad que muchos prefieren esquivar.
Su mensaje no fue un desahogo aislado ni una crítica ligera. Fue un diagnóstico crudo de un sistema que, según ella, viene dando pasos hacia atrás mientras otros países de la región avanzan con planificación, volumen y recambio.
Los hechos respaldan su preocupación. El 2025 dejó señales claras de retroceso: Colombia descendió en la Billie Jean King Cup, no logró defender las dos medallas de oro obtenidas previamente en los Juegos Bolivarianos y cerró el año con una base juvenil debilitada. Un dato resume la gravedad del panorama: Colombia inicia 2026 sin una sola jugadora juvenil en el Top 100 del ranking ITF Junior, una situación impensable años atrás.
Mientras tanto, países como Argentina y Brasil consolidan procesos sostenidos, amplían su base competitiva y garantizan recambio generacional. Colombia, en contraste, sobrevive —en palabras implícitas de Herazo— con esfuerzos individuales, talento aislado y sacrificios personales que no alcanzan para sostener un proyecto de alto nivel.
El calendario no da tregua. El 2026 no es un año cualquiera y tampoco permite improvisaciones. Las exigencias son claras y contundentes: Colombia debe volver a ganar oro en sencillos, dobles y por equipos en los Juegos Centroamericanos; está obligada a defender el oro en sencillos y dobles en los Juegos ODESUR; necesita con urgencia el ascenso en la Billie Jean King Cup; y tiene que recuperar protagonismo en el circuito juvenil, volviendo a conquistar un título ITF J300.
No se trata de sueños, sino de mínimos competitivos para un país que históricamente ha producido talento, pero que hoy parece perderlo por falta de estructura.
En su denuncia, Herazo apunta a un problema de fondo: la ausencia de reglas claras de equilibrio y meritocracia en patrocinios, apoyos y exposición mediática. Sin criterios transparentes, el desarrollo deportivo se vuelve desigual, asimétrico e insostenible. Algunas carreras avanzan, otras se estancan, y muchas se apagan antes de tiempo.
La crítica también alcanza al entorno comunicacional. Sin periodismo serio, independiente y crítico, la autocrítica institucional desaparece. Cuando no hay preguntas incómodas ni análisis profundos, los errores se repiten y se maquillan con discursos optimistas que no resisten los resultados.
El mensaje de María Fernanda Herazo es claro y directo: los procesos serios se defienden con resultados. Todo lo demás —promesas, discursos, justificaciones— termina siendo demagogia, retroceso y debilitamiento estructural.
Su denuncia no busca destruir, sino advertir. No señala nombres propios, pero sí responsabilidades colectivas. Ignorarla sería un error grave. Porque cuando las propias protagonistas levantan la voz, el problema ya no es percepción: es realidad.
Y el tenis femenino colombiano, hoy, necesita algo más que aplausos del pasado. Necesita decisiones urgentes para no seguir perdiendo el futuro.