De María Alejandra Lara dicen que es soñadora y que prefiere vivir en las nubes a estar sobre la tierra. Lo extraño es que pese a practicar karate, kickboxing, kung fu, lucha, boxeo, jiu jitsu y artes marciales mixtas, jamás se le ha medido, por ejemplo, a volar en parapente o a intentar un bungee jumping.
Su mundo está en el piso o, mejor dicho, en la jaula.
Tiene 20 años de edad, es agraciada, su piel es blanca, su cabello oscuro y sus ojos vivaces le resaltan el rostro. Su figura es de reina, cuerpo estilizado, 1.69 metros de estatura y 62 kilos de peso. Delicada pese a lo rudo de su deporte.
En el gimnasio o donde pelea siempre se escuchan frases en voz baja que hablan de su belleza. “No parece ser una peleadora; debe pegar como una mula”, comentan tres o cuatro jóvenes que, como ella, acuden a diario al gimnasio Combat a entrenarse. Ellos, buscando sacar “cuajo”, ella en pos de mejorar su técnica deportiva.
Es de Medellín, vive con sus padres -John Jairo y Jenny- y una hermana menor de nombre Sofía. Terminó bachillerato a los 16 años y de una ingresó a la U. de A. a estudiar Licenciatura en Pedagogía Infantil, realizando cuatro semestres antes de pasar a Licenciatura en danzas, en la que hizo dos semestres. “Siempre me ha gustado enseñar y a la vez aprender; pero decidí que mi pedagogía era más corporal”, cuenta.
Y así haya sido un cambio brusco, Alejandra se dejó tentar por deportes de riesgo y contacto a tal punto de dejar el estudio por un tiempo. “Quise dedicarme, en alma y cuerpo a esto”. Hoy practica muay thai, como un paso para entregarse de lleno a las artes marciales mixtas (MMA), hacia donde, asegura, la vida la fue llevando luego de quemar etapas en nado sincronizado -desde los 4 años-, clavados, lucha, karate -del que fue campeona nacional infantil-, y patinaje. Pero lo que la marcó fue el kick boxing al que llegó luego de practicar el sanda -modalidad de kung fu, usada como defensa personal y basada en técnicas de golpes y llaves-.
Paralelamente desarrolló una pasión aún vigente: el arte. “Desde chica pasé por todos los cursos de pintura que había en la ciudad y también de teatro musical”. Acrobacia en telas y manejo del tubo (pole dance) son otras dos atractivas actividades en la agitada vida de Azul, como la llaman, porque casi todo en su vida ha sido de ese color o, por lo menos en una época reciente: la ropa, el cuarto, el cubrelecho, las cortinas y el vestido de quince.
¿Pero cómo terminó en la jaula?... “Una vez durante una competencia en Rionegro, un entrenador llamado Álex Ospina me invitó a practicar las marciales y acepté; hice mi primera pelea a los 17 años; era muy amateur y debía trabajar mucho para mejorar la técnica”, cuenta.
“Es una chica muy consagrada y ha progresado. Desde que la vi por primera vez, es mucho lo que ha mejorado”, cuenta Luis Herrera, un viejo zorro del boxeo que ahora la entrena en la Academia Combat.
Le gustó y se quedó ahí. Le encontraba gracia a conocer de defensa personal pero, a la vez de competir. De golpear y defenderse. Wilbert Molina, su entrenador de jiu jitsu, coincide en la apreciación de Herrera y va más allá. “Tiene la energía suficiente y la disciplina para lucirse”. Hoy, invicta y en plenitud, Alejandra asume su papel convencida en que en la jaula está su mundo y su futuro.
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