Es uno de esos momentos que repetiría sin dudar. Si pudiera volver a hacerlo, volvería a aquel cansancio por las calles de París, hasta donde me llevó este oficio de escribir historias para vivir de alguna manera lo que siente un atleta aficionado en una de las carreras más importantes de Europa y del mundo, y al mismo tiempo lo que puede sentir un ser humano común y corriente de estar al final de un reto personal que valga la pena contar.
Cuatro meses antes, cuando contesté una llamada en la que me preguntaron si me interesaría ir a París para correr una maratón, así no más, no lo pensé siquiera. Ya encontraría la forma de llegar al final de los 42 kilómetros ante una oportunidad de ese tamaño. No creí al principio que fuera del todo cierto...