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A los 88 supo que lo llamaban "el Dr. contrabando"

DARÍO MÚNERA ARANGO sonríe y dice que se siente más "el Dr. anticontrabando". De 56 años en Coltabaco, 50 los pasó luchando contra ese flagelo. Rasgos de todo un pionero en responsabilidad social empresarial.

  • A los 88 supo que lo llamaban "el Dr. contrabando" | Juan Fernando Cano | "Soy el más antiguo de los Gobernadores de Antioquia que está con vida", dice Darío Múnera Arango, ex presidente de Coltabaco y de Colinversiones.
    A los 88 supo que lo llamaban "el Dr. contrabando" | Juan Fernando Cano | "Soy el más antiguo de los Gobernadores de Antioquia que está con vida", dice Darío Múnera Arango, ex presidente de Coltabaco y de Colinversiones.
10 de julio de 2010
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¡Cómo sería de inmenso el respeto que en Antioquia se sentía, y se siente por el empresario Darío Múnera Arango, que nadie se atrevió a decirle, jamás, que entre las viejas glorias del periodismo económico lo llamaban con cariño "el Dr. contrabando"!

Alejado de la vida pública y cómodamente instalado en una sobria oficina en la Milla de Oro, el abogado de la Universidad Pontificia Bolivariana se mueve entre la risa y el asombro cuando escucha esa revelación. Luego, con una natural cordialidad, responde: "Nunca me enteré".

¿No me diga que soy el emisario de esa "chiva"?
"Jajajajaja. ¿Dr. contrabando? Creo que soy más bien el Dr. anticontrabando, porque esa fue una lucha constante que tuve en la empresa".

Se refiere a la Compañía Colombiana de Tabaco, una emblemática firma creada en 1919; célebre en el mundo por su marca Pielroja, que es para los paisas lo que el hombre Marlboro es para los gringos; que llegó a concentrar más de la mitad de los 20.000 millones de cigarrillos que se producían en Colombia a mediados de 2005, el mismo año en que la multinacional Philip Morris convirtió en un cheque de 700.000 millones de pesos los coqueteos que le hacía a la empresa antioqueña.

Un platal. Los dueños de Coltabaco valoraban su negocio en 120 millones de dólares, pero la puja entre la Philip Morris y la British American Tobacco elevó el precio hasta los 315 millones de dólares. Consolidar una organización tan codiciada también implicó para Múnera Arango y su gente una tenaz batalla contra la glotonería del fisco, léase altos impuestos, y la desleal competencia de los reyes del matute. Combinados, estos dos factores le esfumaban a Coltabaco la mitad de sus ingresos y utilidades.

A sus 88 años, el ex directivo luce tan clásico e impecable en el vestir, como implacable y riguroso con los datos almacenados en su memoria. Aunque en el 2005 cerró un ciclo presidencial de 25 años en la tabacalera, el tema que le dio lugar a su apodo le sigue picando la lengua.

"De los 56 años que estuve en Coltabaco, por lo menos 50 estuvieron afectados por el contrabando". Para los gobernantes era todo un sirirí; para los periodistas, un lío a la hora de buscar nuevos titulares; y para los accionistas, una referencia obligada en los informes anuales que les rendían.

A veces aró en el desierto. "Desafortunadamente no encontraba un apoyo como debía ser, especialmente de las autoridades departamentales, que son las que se beneficiaban más de los impuestos. En eso del contrabando hay una parte muy grande de desidia oficial y casos de corrupción que se han presentado y se presentan. Es uno de los enemigos más grandes que tiene esa actividad".

¿Y ganó esa batalla?
"A medias. No pude lograr que se eliminara totalmente el contrabando. Solo en los últimos años de mi administración se redujo, por acuerdos que se lograron entre las compañías extranjeras y las autoridades nacionales".

Los milagros de mamá
Muchos de quienes aún tienen presente la amable y a la vez recia voz de Múnera Arango podrían pensar que su cuna, y la de sus cuatro hermanos, tenía que ser de dorados destellos para llegar al corazón del poderoso Sindicato Antioqueño. No hay tal.

Este hombre sencillo nació, el 19 de enero de 1922, en la tierra del Señor Caído de Girardota y sus primeros años estuvieron marcados por la enfermedad. Su papá, Germán Múnera Peláez, administraba varias haciendas de Mercedes Sierra de Pérez, quien, para más señas era hija del terrateniente Pepe Sierra, dueño, entre otros terruñitos, de lo que hoy es la Carrera 7ª, en Bogotá. Su heredera no se quedaba atrás, pues la Hacienda el Chicó, en la capital del país, y la Hacienda Santafé, en Medellín, eran parte de un terrenal patrimonio en el que también estaban fincas, trapiche y ganado en Girardota.

"Con ella tomé varias veces el té, en Bogotá, porque mi papá era muy amigo de doña Mercedes", una gran benefactora, valga decir, porque aquí le donó a la Sociedad de Mejoras Públicas el lote en que está el Zoológico Santafé.

Con el ejemplo, don Germán les enseñó a sus hijos el valor de los principios morales y religiosos. A don Darío lo marcó mucho la honestidad de su progenitor, el espíritu trabajador y el amor por el país. Lecciones como esas también recibió de su madre, María Arango Uribe, quien murió antes de cumplir los 60 años. De ella le quedó como tatuado el cuidado y la habilidad con las finanzas. "Ella hacía milagros con los pocos ingresos que obtenía mi papá".

Los valores inculcados en el hogar influyeron en el estilo de dirección de Múnera Arango. "Tengo la tranquilidad de que el manejo de la compañía se hizo de forma honesta y transparente, ante los accionistas y el público en general". Tan derecho era que en una ocasión le liquidaron a la empresa un menor valor por Impuesto de Renta. Cuando se percataron de ello le dijeron a la Administración de Impuestos que se había equivocado y le pagaron la suma correcta.

¿Y qué tal era como jefe?
"Procuré dar a los colaboradores amistad, exigiendo lo que debía exigir, tratando que el trabajo fuera agradable y que lo sintieran como una proyección de su propio hogar".

Los seres humanos somos débiles, veleidosos. ¿Usted se llegó a sentir muy poderoso como empresario?
"No tuve tanto la sensación de poder, sino la sensación de responsabilidad, porque manejaba recursos que no eran míos. Sentía gran responsabilidad frente a los accionistas, la empresa, el Departamento de Antioquia y el país. Fui muy estricto en las orientaciones de Coltabaco en el pago, exacto y oportuno, de las contribuciones e impuestos".

Y se sobró. Coltabaco introdujo, por voluntad propia, beneficios para sus trabajadores que posteriormente se convirtieron en prestaciones legales, como vacaciones, cesantías y la pensión de jubilación.

Hablando de jubilados, se equivocaron quienes pensaron que al salir de la presidencia de Colinversiones, en junio de 2006, Múnera Arango se refugiaría en su hogar o en la pintura. Ni lo uno ni lo otro. De lunes a viernes llega a su oficina privada, a las 9:00 am, en donde lo recibe Olga Lucía Arango, su secretaria desde hace dos décadas largas. A más tardar a las 12 del día se marcha para su casa, de donde regresa a las 3:00 p.m. Allí permanece hasta las 6:00 de la tarde, siempre dispuesto para hablar con sus amigos y para dar buenos consejos.

Su oficina tiene pinta de apartamento, con paredes blancas decoradas con cuadros de Aníbal Gil, Luis Caballero, Pedro Pablo Lalinde, Rafael Sánchez, César del Valle y un ícono religioso ruso, adquirido en Praga. "Los cuadros buenos están en mi casa" y llevan las firmas de Pedro Nel Gómez, Aníbal Gil, Gómez Campuzano y el acuarelista cartagenero Lemaitre.

Lo que más alegría le sigue dando es su familia, a la que califica como extraordinaria. Sus tres hijos, María Teresa, Beatriz Eugenia y Darío Alberto, también son abogados. Del tiempo que le queda libre reserva un espacio para los libros, sobre todo de historia. Ahora mismo lee, en francés, una biografía de Luis XIII, y un texto que documenta las relaciones del gobierno de Israel con los blancos que mandaban en la Sudáfrica de antes de Mandela.

Entre sus biografías favoritas se cuentan las del Cardenal Richelieu, José María Córdova, Santander y Bolívar.

¿O sea que usted podría ser un contertulio de primera línea de Hugo Chávez?

"No propiamente de primera línea", aclara Múnera Arango, quien empata con una anécdota. Hace un par de años estaba en el Hotel Santa Clara, en Cartagena. De repente se escucharon pitos y sirenas. "Un carro se paró frente a mí y de ahí salió Chávez, quien me dio la mano, la misma que me tuve que lavar varias veces".

¿Por qué esa reacción tan extraña? ¿Acaso no le simpatiza Chávez?
"Yo tengo gente que me simpatiza muchísimo más", concluye en ese tono reservado que siempre ha marcado a las vacas sagradas del Sindicato Antioqueño.

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