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HISTÓRICO
A los “hikikomoris” les atemoriza el mundo
  • A los "hikikomoris" les atemoriza el mundo | ILUSTRACIÓN ESTEBAN PARÍS
    A los "hikikomoris" les atemoriza el mundo | ILUSTRACIÓN ESTEBAN PARÍS
Por DANIEL ROJAS ARBOLEDA | Publicado el 13 de julio de 2013

El temor a no ser exitosos en una cultura que les exige desde pequeños ser los mejores ha llevado a cerca de un millón de japoneses a reemplazar la interacción social por una vida nocturna a puerta cerrada, a veces durante años.

Afuera de sus cuartos, sólo la marcha del tiempo y la angustia de los padres. Adentro, una autoestima en picada y el temor creciente a un futuro que en sus mentes se parece cada vez menos al que su familia quería para ellos.

En la isla asiática se llama hikikomori a las víctimas de este fenómeno que, según una encuesta realizada en 2010 por el Gobierno de ese país, afecta a cerca de 700.000 japoneses, la mayoría hombres de clase media.

Sin embargo, el siquiatra japonés Tamaki Saito, a quien el fenómeno llamó la atención a principios de los 90, calcula que, debido al encierro al que se someten los jóvenes y a la vergüenza de sus familias de revelar lo que pasa, los casos reportados están muy por encima de la cifra oficial.

"Hikikomori es diferente de una fobia y una enfermedad mental. Es una persona que, sin presentar ningún tipo de síntoma psicótico, se mantiene en un estado de aislamiento continuado durante más de seis meses, en los que no entabla ningún tipo de relación interpersonal con nadie, aparte de su familia", escribió sobre el tema Saito, que define a Japón como "una superpotencia en pacientes hikikomori ".

Hace dos décadas, quienes pasaban por este infierno no superaban los 15 años de edad. Hoy, la edad promedio es de 32 años, lo que encendió las alarmas de las autoridades y plantea serias dudas sobre el sistema educativo y las expectativas de la sociedad nipona.

"La presión ejercida por el sistema educativo de Japón influye mucho en este fenómeno, en especial porque está diseñado para prevenir segundas oportunidades, pues existe un fuerte lazo entre los colegios y los empleadores, mientras que el número de trabajos de calidad disponible se reducen, por lo que las recomendaciones de los profesores adquieren mucha importancia", dijo a este diario Andy Furlong, profesor de la University of Glasgow y experto en la transición de la educación al trabajo.

Temor creciente
Gran parte de los casos siguen el mismo patrón: primero viene la deserción escolar, lo que desencadena una presión más fuerte por parte de los padres, luego viene el miedo a socializar y, por ende, los motivos para dejar la casa empiezan a desaparecer.

Es entonces cuando ser un valiente guerrero en un videojuego, seguir las aventuras de los héroes en los cómics o crear un alter ego para interactuar a través de internet despierta más interés para ellos que pretender convertirse en un profesional.

"Estas personas quieren salir y socializar, pero no se sienten capaces, por lo que internet y los videojuegos son otras formas de recuperar el goce. Las redes sociales les permiten salir al mundo y generar otras formas de vínculo social, aunque no tan completa como cuando está el cuerpo comprometido", manifestó el psicoanalista y perito en Medicina Legal Javier Villa Machado.

Un diagnóstico con el que concuerda el relato de Hide, un joven japonés que narró a la cadena BBC el infierno que vivió mientras estuvo sumido en este estado de depresión.

"Empecé a culparme y mis padres también me responsabilizaron por no acudir a clase. Comenzó a crecer la presión. Entonces, gradualmente, comencé a tenerles miedo a salir y a conocer gente. Fue entonces cuando ya no pude salir de mi casa".

En su caso, la noche se convirtió en el horario perfecto para evitar a sus padres y ver televisión, mientras que en el día se abandonaba al sueño mientras, en sus palabras, crecían la rabia hacia sus padres y la sociedad, el temor al futuro y la envidia hacia las personas que no padecían lo mismo que él.

"Aparecen sentimientos de tristeza e ideas de minusvalía y culpabilidad, sean reales o irracionales pero, en esos casos, es posible que la enfermedad no radique en un juicio irreal sino en la imposibilidad de soportar las cosas como realmente son, pues están confrontados con ideales demasiado elevados", explicó Villa Machado.

Reputación
En Japón se le llama sekentei a la necesidad social de impresionar a los demás y mantener una reputación, una actitud que nace desde temprana edad, cuando a los niños en edad preescolar empiezan a hablarles del shiken jigoku, "el infierno de los exámenes".

Eso lleva a los estudiantes a abandonar desde muy temprano su vida social, con el fin de prepararse para pasar las pruebas de ingreso a la universidad, un proceso que le es encomendado a la madre, al igual que su éxito o fracaso.

Por otro lado, al hecho de que la mayoría de los jóvenes permanecen en casa de sus padres hasta edades avanzadas, y a que algunas familias los sostienen de por vida, se suma la importancia que la cultura japonesa le da al honor y al orgullo, un factor con profundas raíces religiosas.

"Mientras en Occidente somos monoteístas, con un único Dios que creó el mundo y le dio al hombre código de comportamiento moral, en religiones construidas sobre la culpa y el temor al castigo divino, los japoneses son politeístas y no sienten culpa sino vergüenza", explicó a El Colombiano el director de la Nueva Escuela Lacaniana de Medellín, Mario Elkin Ramírez.

Según el experto, eso explica por qué el sentido del honor genera para los nipones una relación consigo mismos "supremamente tiránica", empujándolos a la depresión e, incluso, al suicidio, por motivos que para un ciudadano occidental parecerían nimiedades.

Pero el círculo de antecedentes que dieron forma a esta exigente realidad en Japón radica, según el profesor Andy Furlong, en la historia de su economía.

"Existe un fuerte lazo entre el fenómeno de los hikikomori y el colapso de la economía japonesa a principios de los 90. Particularmente, la reestructuración que tuvo lugar luego de la recesión, generó una situación con un gran número de jóvenes obligados a trabajar en empleos precarios", explicó el catedrático.

Las soluciones tampoco ayudan mucho a reducir el fenómeno. Algunos padres se enojan con sus hijos y los culpan por traer vergüenza a la familia. Otros más desesperados, han optado por métodos más fuertes.

La japonesa Yuriko Osada dirige una compañía que se especializa en tumbar las puertas de las habitaciones, sacar a los niños a la fuerza y obligarlos a escribir una lista de promesas a sus padres.

"Y a los padres dejarles claro lo que está bien de lo que está mal", dijo ella a CNN en defensa de su labor.

Lo preocupante es que, aunque expertos aseguran que es un fenómeno que sólo se da en Japón, Furlong dice que la recesión europea dejará a los jóvenes de ese continente en una situación similar.