"El joven se protegía la cara con las manos. Me sorprendió ver que yo era capaz de reconocer por el sonido si la patada había fallado o si había dado en un dedo, en la mandíbula o en la nariz. [?]. Nadie tenía los dos pies firmemente apoyados en el suelo -uno siempre estaba en el aire dispuesto a caer- y no habría sido fácil salvar al muchacho italiano. Pero no lo hice. Me fascinaba la escena".
Hace varios años, el periodista norteamericano Henry Buford se sumergió en las barras del equipo inglés Manchester United y aprovechó el viaje de éste a Turín para conocer más a fondo las intimidades de los llamados hooligans, sobre todo antes, durante y después de un partido de fútbol, y con mayor razón si el rival es un club como la Juventus.
La reflexión de Buford fue incluida en la revista alemana Humboldt por el investigador Stephan Wehwoski, bajo el título "El placer de la violencia". Porque ese es, precisamente, el remate vivencial de Buford luego de confundirse entre los fanáticos manchesterianos, anegados en licor y disfrutando más el momento de violencia contra el joven hincha italiano, que cualquier gol o triunfo de su divisa.
Partimos del testimonio del periodista norteamericano para dejar planteado que al intentar cualquier diagnóstico de las denominadas barras bravas en Colombia, es necesario afirmar que en la práctica de la violencia irrumpe un inevitable componente de placer y cuyo disfrute, incluso, no siempre es asumido públicamente por quienes la ejercen. Por ello, nada aporta al análisis y explicación de un fenómeno calificando la violencia como "mala", "pecaminosa", "perversa" o "dañina", y de paso negando lo que a través de la historia ha representado, quiérase o no, en el devenir de las distintas sociedades.
A partir de dicho presupuesto, el deporte, y en particular el fútbol, en las sociedades contemporáneas, debe pensarse teniendo en cuenta tres protagonistas de primera línea: la globalización las identidades y las barras. El primer actor ha originado un revolcón en las relaciones entre los Estados; el segundo, con una fuerte relación con la globalización, ha incidido en el concepto de identidad nacional y ha llevado, por ejemplo, a que los jóvenes, muchos de ellos pertenecientes a las barras, tengan otros referentes identitarios "importados" desde distintos centros culturales. En el tema que nos ocupa, dichas barras son definidas por algunos autores como "tribus urbanas" y no como un simple grupo de muchachos violentos, ansiosos de pelea.
Surge de bulto, como conclusión, que la puesta en práctica de una ley, como la 1270, exige tener un sentido integral de la autoridad, combinando la necesaria sanción y el trabajo pedagógico con quienes también están inmersos en el complejo presente y en el confuso futuro de nuestro país.
Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8