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CELEBRANDO A DON JOSÉ

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06 de abril de 2013
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Siempre me ha gustado esta cita de Gilbert Chesterton: "el periodismo consiste en decir ‘Lord Jones ha muerto’ a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo".

La he recordado en estos días al ver el alud de noticias sobre José Fernández Gómez, el gran presentador de televisión de los años 80. Otra vez –me dije– nos vienen a bombardear con información sobre la muerte de alguien a quien ya creíamos muerto.

Qué mal que hagan eso ahora –seguí cavilando–, cuando durante los últimos años no nos dijeron nada sobre la vida de este personaje.

Al reencontrar a José Fernández Gómez en la prensa como protagonista de notas necrológicas, recordé mi viejo sueño de conocerlo en persona, y me sentí triste.

Según el periodista David Frost, la televisión nos obliga a introducir en nuestros cuartos de estar a gente a la que ni siquiera dejaríamos asomar por nuestras casas. A don José no solo le hubiéramos abierto las puertas de par en par: también le hubiéramos entregado las llaves. Todos le creíamos, todos lo contemplábamos con fascinación.

La suya era una presencia cercana. Yo crecí viéndolo promover talentos colombianos de diversa índole en el programa Cómo le parece, y luego amé su forma de presentar las noticias en el Noticiero Nacional: esa manera histriónica de juntar las manos, esa dicción acelerada y, sin embargo, clara; esa credibilidad que irradiaba.

Al buscarlo de nuevo en mi memoria a raíz de su muerte, celebré el estribillo con el que arrancaba cada emisión: "buenas, buenas: los periodistas del Noticiero Nacional les contamos lo que está sucediendo".

Me gustó que usara el verbo "contar" en vez de "informar", porque así le hacía justicia a su propia imagen: él no era un tipo que nos atragantaba con datos destinados al olvido, sino un señor cálido que convertía el periodismo en relato.

Me gustó la importancia que le concedía al tiempo presente: no es lo mismo hablar de lo que está sucediendo que de lo que ya sucedió.

Y me gustó, además, su forma particular de repetir las palabras, como si estuviera empeñado en ser su propio eco, como si de ese modo multiplicara el instante y empezara a transformarlo en recuerdo.

Evoqué las escenografías precariamente iluminadas de los 80, esos decorados sombríos que hoy lucen como grabados con una camarita casera. Entonces vi a don José como el último representante de una época en que la televisión se hacía con más corazón que tecnología, una época en que nuestros noticieros parecían emitidos desde una sala de redacción y no desde el traspatio de una agencia de modelaje.

Al leer las notas de prensa sobre don José descubrí que él mismo había elegido pasar la vejez escondido de los reflectores que en el pasado lo alumbraron tanto. Entonces, viendo su ejemplar sentido de la discreción, ya no sentí tristeza.

Tan solo quise escribir estas palabras, maestro, estas palabras, estas palabras, para contarle lo que está sucediendo: que aquí sigo celebrando su grandeza.

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