Me atrevería a decir que todos tenemos al menos una cicatriz que nos recuerda algo: la marca de una cortada en una pierna por culpa de una mala caída en bicicleta, una minúscula raya en la ceja, tal vez en la frente, fruto de un golpe en un columpio, en un mataculín o, en su defecto, de un muro o una ventana que no vimos y apenas sentimos el dolor y la sangre embadurnando nuestro rostro pensamos, por primera vez, que moriríamos.
En el último libro de Paul Auster, "Diario de invierno", hay un pequeño fragmento donde se inventarían las cicatrices, esas que "ves cada mañana al mirarte en el espejo". Auster dice que cada cicatriz es la huella de una herida curada, y puede tener razón, si hablamos de esas cicatrices que testimonian la vida, que quedan por culpa de nuestros propios incidentes.
Pero resulta que en Colombia hay cicatrices que no deberían estar en las personas. Cicatrices que aparecen, no por culpa de errores inocentes, sino por culpa de otros que marcan vidas, se roban los sueños, aterrorizan, violan, hacen sentir que lo mejor hubiera sido la muerte porque esa marca nunca desaparecerá.
¿Cuántas huellas han dejado puñaladas, atentados, bombas, minas antipersonales, balas perdidas? ¿Cuántas cicatrices, heridas horrendas, han quedado después de las masacres de El Salado, Bojayá, El Aro, Macayepo, Segovia, Trujillo, por mencionar apenas algunas de esas cicatrices que quedan en la memoria pero también en las tierras, en los campos desolados que se cubren de tiempo y de miedo, de mucho miedo así supuestamente exista la restitución de tierras?
Las cicatrices de la guerra nunca sanan y más cuando quien las carga nunca fue un combatiente, a duras penas era un ser humano que vivía, que soñaba, que nunca entendió por qué le cortaron los dedos con un machete o por qué le quemaron el cuerpo y el rostro con gasolina después de ser apuñalado. Ahora, cuando se mira en el espejo y ve el horror se pregunta por qué le hicieron eso si él nunca compartió la ideología de ningún bando.
Muchos sobrevivientes del Holocausto decidieron dejar la cicatriz más deleznable de la guerra para no olvidar nunca la dimensión del horror propiciado por individuos que no fueron humanos. La cicatriz de Primo Levi es apenas un ejemplo. El número 174517 que le marcaron los alemanes en su brazo izquierdo nunca se lo borró.
Colombia es un país de cicatrices mal sanadas, de heridas abiertas que todavía duelen así físicamente estén secas. Así no tengamos los números del Holocausto tenemos otras marcas que compiten fuertemente con el dolor.
@d_aristizabal
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