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HISTÓRICO
Cuando a la nostalgia la reemplazó el futuro
  • Cuando a la nostalgia la reemplazó el futuro | Julio César Herrera | Arturo Agudelo es un artesano de los sombreros. Hace 40 años, en su localcito de la Minorista, teje, cepilla y limpia los viejos sombreros de fieltro, los mismos que se utilizaban "antes". Sus clientes son los señores de los pueblos que cuando vienen a la plaza, pasan por el local de Arturo para que les repare sus viejos sombreros.
    Cuando a la nostalgia la reemplazó el futuro | Julio César Herrera | Arturo Agudelo es un artesano de los sombreros. Hace 40 años, en su localcito de la Minorista, teje, cepilla y limpia los viejos sombreros de fieltro, los mismos que se utilizaban "antes". Sus clientes son los señores de los pueblos que cuando vienen a la plaza, pasan por el local de Arturo para que les repare sus viejos sombreros.
Alejandro Millán Valencia | Publicado el 16 de mayo de 2010

Kindle es un aparato blanco al que le caben todos los libros del mundo. Solo basta conectarlo a la computadora, navegar por Amazon.com y el conocimiento entero del planeta se introduce en esta maquinita inmaculada.

Edwin se toma un tinto. Es lo único que hace ya en la mañana. Él repara y encuaderna libros, se los traen mutilados por la humedad, por un perro o por el maltrato de los insensibles y él los toma con afecto y los retorna a su estado natural.

-No tengo idea qué es el Kindle -dice mientras se termina el café-. Yo solo sé de libros.

Sin embargo, es tan poco, pero tan poco el trabajo, tan escaso, que ya suena a pasado, a oficio extinto. "Yo no masacro los libros", me dice justificando la falta de trabajo. Explica que ahora la encuadernación se hace con un taladro, forma mucho más rentable, eficaz y barata que su método de hilos y filigrana.

Su local es un rincón de un metro cuadrado en el paseo Bolívar, al frente de la estación Prado del metro. En ese reducto de nada, caben de forma increíble dos prensas y una estampadora de acero, sus herramientas de trabajo.

Son tres máquinas pesadas. Una de ellas sirve para sacarle el cajo a los libros, que es esa curva que se forma en la parte interior. "Lo que yo hago es pegar los cuadernillos, que llegan separados, con hilo y colbón. Después los paso por la primera prensa, con la que se les serrucha y se le saca el cajo".

La columna de cuadernillos que ya tienen forma de libro, se pega a la lomera, la pasta dura. "Otra vez le paso el estilete o la segunda prensa, que es lo que sella todo. El empastado en sí".

Un libro es como un ser vivo, me parece. No es solo hilar y pegar con colbón. Es que las guardas queden bien pegadas a la cantonera. Que los tejuelos, los nervios, la tapa y la lomera queden en armonía en el momento de la armada, tanto, que dé gusto tener un libro en las manos. Todo sale de su boca.

"Ahora la gente no valora los libros", dice mientras muestra un ejemplar de Medellín, aroma de cientos de flores , su producto más exitoso, que no es más que un empaque de icopor en el que se resguarda una botella de aguardiente antioqueño y una copita. "Tanto, que me tocó dedicarme a hacer menús para restaurantes".

2. Sombrería
"Carlitos, cada día cantás mejor ché", le dice Arturo Agudelo al cuadro que tiene en su localcito en la Minorista donde arregla sombreros, los mismos que utilizaba el Zorzal Criollo, el que se "tostó" en el Olaya Herrera para que nunca pudiéramos olvidarlo.

Los sombreros son el símbolo de la nostalgia. Los clientes son los viejos campesinos de los pueblos de Antioquia, que cuando llegan a la Minorista para vender sus productos, van hasta donde el compadre Arturo y él les arregla lo que sea. A muchos ya los ha remendado tanto, que los conoce más que sus dueños.

Se pone uno verde con plumones rojos para la foto. Los vecinos de la Minorista se lo gozan: "es que es muy vanidoso", le grita Edwin Guarín.

Encima de la mesa de trabajo hay varios pedazos redondos de madera, que son las hormas con las que arregla los sombreros. Hay una por cada talla. También hay una planchita vieja que todavía sirve, con la que finaliza el proceso.

"La mayoría de los sombreros ya están muy viejos, porque hace rato que no se hacen de este material", dice.

El empeño de venir a la Minorista todos los días a pesar de sus 81 años es la soledad. No quiere quedarse sin hacer nada en la casa con alguno de sus hijos. Acá, dice, al menos hay que gente que lo molesta. Hay gente.

Después de la foto, se acomoda el delantal azul y a trabajar. Primero cepilla el ala de un sombrero negro que le trajo un cliente de Amagá. Después le arregla la cinta que está descolocada y, por último, le hace un remiendo en la base de la copa.

El cuadro de San Expedito lo acompaña con una expresión paternal. Él sabe que el oficio muere con él. "Ninguno de mis hijos quiso seguir. Pero está bien, es que tampoco es que haya mucho sombrero en el futuro".

Falta ver que más adelante le toque arreglar sombreros aguadeños.

3. Betavideo
Moisés , 1975, el inolvidable Burt Lancaster con sus ojos claros y el rostro atribulado, atraviesa el mar rojo, con la poderosa música de Enio Morricone de fondo.

Sale casete. Entra Santo contra los zombies , 1962. El Santo, el enmascarado de plata pelea contra una horda de muertos vivientes y sobrevive, no sin antes una lección de lucha libre de la escuela clásica. Dirige Benito Alazraki.

-Nos podemos pasar el día viendo clásicos- dice Iván Darío Henao.

Nos podemos pasar, efectivamente. El local de Iván Darío está lleno de casetes de VHS y betamax que en estos 18 años lleva coleccionando, pero, sobre todo, acumulando como forma de vida. Vive de eso, de vender copias de Betamax y VHS de películas clásicas tipo A como Moisés o tipo B, como El Santo , en los tiempos del DVD y la memoria USB.

Entra La Batalla de Argel, 1975, dirige Gillo Pontecorvo, el mismo de Queimada . La imagen que se proyecta en el televisor es volver 20 años atrás, cuando el formato japonés de Betamax era el rey de las videotiendas y las películas llegaban con esa textura de líneas.

-Yo me enamoré del cine cuando iba al teatro Cervantes en Campo Valdés a ver las películas de Franco Nero.

Cinema Paradiso, entonces quiso crear él mismo su proyector con una caja de cartón y un catalejo que tenía. Los años de esa misma pasión lo llevaron a coleccionar primero lo que podía comprar con su sueldo de estudiante y después la colección se amplió cuando Betavideo Río Claro hizo su remate de saldos en los días que no pudo competir más contra el enemigo de la piratería y la era digital.

Entonces ha logrado reunir casi dos mil títulos que se apeñuscan en este diminuto local, que van desde el ochentero Hellraiser , hasta una copia de los Muchachos no lloran , con la que Hilary Swank ganó el premio Oscar, en 1999.

-¿Y esto sí se vende?

-Pues claro. Además también comercializo ataris, segas y 'familis' viejos. No crea, a la gente le interesa todo lo de antes. La nostalgia vende, me entiende?

La nostalgia. Algo queda después de todo, algo que nos ata a alguna parte del pasado y que siempre nos hace buscar los recuerdos. Pero algunas veces, cuando lo vamos a buscar, resulta, como estos artesanos, que el futuro ya los había encontrado.