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HISTÓRICO
Del campo a la ciudad
  • Beatriz De Majo C. | Beatriz De Majo C.
    Beatriz De Majo C. | Beatriz De Majo C.
Beatriz De Majo C. | Publicado el 13 de septiembre de 2011

Uno de los grandes obstáculos a la repartición social equitativa del crecimiento chino tiene que ver con las condiciones de vida de los trabajadores migrantes. Las masas enormes de ciudadanos que se trasladan a lo largo de miles de kilómetros desde el interior agrario a las ciudades costeras en búsqueda de mejores ingresos y de acceso a la dinámica y los atractivos de las urbes, están siendo muy penalizadas en su calidad de vida y en su capacidad de surgir.

Históricamente el fenómeno de las migraciones campesinas ha sido de gran relevancia en el acontecer nacional chino. En el pasado, el labriego se sacrificaba yéndose a la ciudad para reunir suficiente dinero para poder retirarse con un poco de holgura en su terruño de origen. Hoy no. La diferencia de salarios y de estilo de vida entre el campo y la ciudad es tal que no hay atractivo para el retorno y lo que el desplazado consigue ahorrar no es suficiente para un retiro rural digno. El labriego se atornilla en el trabajo industrial del medio urbano en un afán de supervivencia pero a costa de su felicidad. El descontento se vuelve plural y las manifestaciones frecuentes.

Un arcaico sistema de regulaciones y controles gubernamentales para acceder a viviendas en las ciudades es el primer escollo para vencer. Un campesino que se muda a la ciudad pasa a ser tributario del sistema residencial Hukou, que los excluye automáticamente de los beneficios de la educación gratuita o de las pensiones de vejez mientras permanecen en la ciudad de la que no son residentes. Para ellos no operan tampoco las regulaciones en los alquileres o los subsidios a los precios de las viviendas locales. Si tenemos en consideración que la inflación en estos dos sectores supera el 50% en los dos últimos años en ciudades de talla media, podemos imaginar el contingente abultado de migrantes que no pueden superar la pobreza aunque consigan hacerse de un puesto de trabajo. Y este grupo crece a velocidad exponencial.

La solución para Beijing no es fácil. Derribar las reglas de Hukou, puede ser provechoso para quienes ya migraron a las ciudades, pero una medida de corrección social de esta naturaleza podría incentivar las migraciones a las ciudades que están ya abarrotadas de gente del campo. La consecuencia es que el malestar de 145 millones de migrantes que no alcanzan mejoras en la calidad de vida crece más rápido que la compensación que obtienen por los crecientes salarios en las ciudades. El conflicto surge porque el Estado comunista debería velar activamente por la felicidad de los administrados y el sentimiento que priva es que no lo está logrando.

La transformación de China en un estado capitalista no se está dando aun en materia de la igualdad de oportunidades. En este terreno todo sigue siendo controlado por el Estado: la libertad de migrar y la capacidad de progresar a través del trabajo. Esta circunstancia somete a los ciudadanos, además, a la discrecionalidad y la coima de los funcionarios. Un miembro del Buró del partido comunista afirmaba, acertadamente, que el chino no tiene miedo de ser pobre. A lo que le tiene rabia es a no poder, por más que se esfuerce, a tener acceso a la prosperidad que todos los días el gobierno les promete. La ausencia de política de tratamiento al trabajador migrante puede, pues, ser un detonante de severos problemas sociales.