Los terroristas suníes, aliados con miembros de Al Qaeda, provocaron otro sangriento día en Irak: no menos de 62 muertos y 250 heridos en dos ataques suicidas en el sur y el centro de Bagdad.
Todos los ataques fueron contra centros de policía, pero con mayor afectación a la población civil, pues los atacantes siguen usando el método más macabro para conseguir el resultado: inmolarse.
Esta seguidilla de atentados no puede ser la respuesta de terror a la decisión de Estados Unidos de retirar sus tropas de combate, sino el estado demencial en que están quienes no quieren un gobierno elegido democráticamente y prefieren seguir en la anarquía con que los gobernó durante años el desaparecido dictador Sadam Hussein.
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