Un día, Michael Roach estaba encerrado solo en una cabina pequeña en un sitio deshabitado de Alaska. La fuerte nevada impedía que saliera de allí. En el miedo por la inminencia de la muerte, hizo en su mente una promesa a Dios: si lo salvaba de perecer, se convertiría en sacerdote.
La nevada aumentaba y con ella, la capa de escarcha amenazaba con sepultar la pequeña estructura. Cuando ni siquiera en su mente hallaba algo verde para alimentar la esperanza, alguien afuera comenzó a excavar y, al cabo de largos minutos, lo rescató. Era un sacerdote. Pero no uno corriente, de maneras suaves, sino un cazador bravo, fuerte y de talante fresco.
Nacido en Arizona, en una familia católica, siguió su vida inspirado en esta experiencia. El desasosiego se apoderó de él tres años después cuando su madre padeció cáncer. Se fue a la India, el país con más religiones. En el Tíbet, encontró un centro budista e ingresó. Esta era su manera de prepararse para ser cura. Asegura que permaneció allí 25 años. Llegó al grado de geshe.
En un video que carga consigo y que uno de sus asistentes muestra, se le ve enfundado en una suerte de túnica amarilla y coronado de gorro alto y curvo del mismo color.
Estuvo en la ciudad contando el secreto del triunfo en los negocios. Sí, los negocios. Porque sostiene que una religión que no se ocupe de todos los aspectos de la vida de las personas, que no lo oriente en todas ellas, es incompleta.
Esto dice sentado a una mesa de la terraza de la Colegiatura, el centro de educación superior situado en Las Palmas, dándole la espalda a un bosque de pinos y eucaliptos que emergen de un abismo.
Fue el primero en graduarse en ese monasterio indio, fundado hace más de 650 años. La graduación, dijo desde su saco y su corbata, jugando con un bolígrafo en las manos, es un examen oral en el cual decenas de religiosos le formulan preguntas. En ese centro se dedicó, junto a muchas otras personas, a rescatar libros antiguos, viejos volúmenes que los chinos habían destruido. Unos 200 mil libros, muchos de ellos escritos en arameo y otros, en tibetano. Una tarea que puede tomarse unos 150 años más.
Cuenta Roach que sus superiores le encomendaron una tarea: fundar un tienda de diamantes en Nueva York. Para su preparación le entregaron el libro El sutra del diamante, uno de los textos más antiguos de la humanidad.
Con tres o cuatro ejemplares del mineral dice haber comenzado una empresa que ya vende 200 millones de dólares al año, cuyo producido sirve para financiar la recuperación de los viejos libros tibetanos.
Formado en un hogar católico e inspirado en el cura cazador de Alaska, también católico, ¿halló semejanzas de esta religión con la sabiduría de Buda? Dice que sí. Recuerda que el papa Juan Pablo II recomendaba a los sacerdotes invitar a religiosos de otros credos para compartir experiencias. Que un superior suyo fue con él a un templo católico. Se admiró de las ventanas con vitrales de colores y preguntó: "¿qué son esos dibujos?". Son los santos, le respondió Roach. "Toma nota de eso", dijo el jerarca budista. Después celebró el confesionario, donde una mujer contaba sus pecados al sacerdote y las avemarías que el padre le ordenó rezar para alcanzar la gracia. "Son como mantras", le explicó el norteamericano. El budista le preguntó: "¿Y dónde está el otro confesionario. Ese en el que las personas cuentan las cosas buenas que han hecho?".
Habla de las metáforas de las semillas, fundamentales en la sabiduría oriental y repetidas en la Biblia. Es preciso sembrar la semilla en tierra buena, no en terrenos pedregosos, dijo Jesucristo.
Cree que en estas metáforas está el secreto para conseguir todo en la vida. Dinero, novia, paz interior o felicidad.
Fin de la conversación. El budista entra en el recinto a cambiar su traje por una especie de túnica sin mangas. Sin sombrero, toca su cítara y otra vez da la espalda al bosque.
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