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El cabo Sánchez, mi amigo

01 de noviembre de 2008
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Quiero ser franco conmigo mismo y reconocer que no sé lo que pueda decirle. Me faltarán las palabras y esa es una situación angustiosa. No estoy preparado para resistir la mirada que me llegue del ojo que le queda. Temo que no sea capaz de expresarme con algo que no sea una estupidez. Lo habitual, preguntarle cómo está, sería la mayor de ellas. ¿Cómo puede estar un joven que acaba de quedar destrozado por una mina? El caminante de todos los caminos, el primero del grupo, el infatigable conductor de sus soldados, tendrá que resignarse a valerse como pueda, sostenido por una sola pierna. Mañana, cuando lo visite, tal vez no sepa si la cirugía resultó suficiente para salvarle el brazo herido. La infección puede producirle una gangrena irreparable. Su familia lo acompañará, anonadada por la pena y sin respuesta para tantas preguntas como la atormenten. Me faltaba por decir que mi amigo, el cabo Sánchez, está recién casado.

Fui testigo de sus ilusiones, de sus proyectos, de sus entusiasmos. Su esposa tendrá muchos años para vivir con un inválido, después de un mes de compartir la vida con un joven de 24 años, lleno de energía, de fuerza, de física exuberancia.

En esa habitación del Hospital Militar, Jaime, que así se llama mi cabo, comparte dolores con otros tres jovencitos a los que volvió pedazos el arma más cobarde, más innoble, más brutal. Prohibidas en todos los Protocolos de Ginebra, las minas son el juguete predilecto de las Farc.

Esa repugnante organización a la que le mandan cartas llenas de remilgos y consideraciones los mamertos seudointelectuales que quieren dialogar con ellas. Mi cabo nunca pudo entender esas miserias. En nuestros coloquios apacibles, muchos bajo un cielo constelado de estrellas lejanas y bellas, tratamos muchas veces esos temas. Esa gente, me decía, no sabe lo que hace. Si vieran de cerca sus crueldades, su ruindad, su capacidad para el mal, obrarían de otra manera. La guerrilla es mala. Y es mala sin remedio.

Ese cuento de que un día esos hombres vuelven a vivir como uno, vuelven a creer en lo que uno cree, a pensar lo que piensa, es una basura. De la guerra hablan los que nunca le vieron de cerca la cara. De los bandidos, los que jamás los tuvieron al frente.

Es una vida muy dura. Pero tiene sus encantos. Tantos, que la casi totalidad de los cabos que han recibido el encargo de impedir que las Farc me asesinen, prefieren el "área" a las complicaciones de la ciudad y el combate a los trámites de la burocracia, quehacer absorbente en el cuartel de ciudad.

Quiero despedirme, doctor. Ya me llegó la orden de presentarme. No sé para dónde voy. Hay tantos sitios hermosos en esta tierra, que no creo que me toque uno que no valga la pena. Porque con mis cabos he repasado casi toda nuestra arisca geografía. De la selva me queda poco por conocer. Mitú, el Guaviare, La Macarena con todos sus ríos de ensueño, el Arauca donde tantas veces le hicimos quites a la muerte, me dicen. La Guajira, el Vichada interminable, el Magdalena con sus tormentas interminables. Montañas de Antioquia, selvas y ríos del Chocó, los páramos del Cauca, la costa Pacífica, donde no escapan de la malaria y hasta de Caldas, mi propia tierra, repiten los nombres de los lugares más difíciles, más escarpados, más inaccesibles.

No recuerdo las memorias particulares de Jaime Sánchez. Sé que anduvo mucho, conoció mucho, sirvió mucho. Y que se sentía invencible. Tenemos que enseñarles a los soldados cómo evitar las minas. Es el enemigo que nos queda. A los demás les podemos.

El estallido se me ha metido en el alma. Es como si quisiera quedarse conmigo siempre. Lo oigo, veo el resplandor de un instante y después, el silencio, la sangre, el dolor. El dolor sin orillas. Y tal vez sin sentido.

Después de lo que ha pasado, cuando mi cabo me pregunte si valió la pena, no tendré qué decirle. Yo mismo no lo sé.

Después de cierto discurso y cierta purga, creo preferible que mi cabo no saliera de su tierra. ¿Para qué? Sólo Dios sabe.

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