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El encierro en el que vivimos

  • El encierro en el que vivimos
22 de diciembre de 2010
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No es necesario caminar mucho por las calles de Medellín para darse cuenta del encierro en que vivimos. Poco a poco la inseguridad, pero también la incapacidad de buscar otras opciones para entender dicho fenómeno, hacen que vivamos en una cápsula de miedos donde poco a poco estaremos felizmente seguros en casa pero terriblemente solos sin tener la menor idea de quién es el otro que abre la "celda del frente", la puerta blindada que se mueve después de darle muchas vueltas a las llaves.

Las rejas de nuestros barrios son la metáfora de la desesperanza. Cada día se construyen más cercas, se contratan ejércitos privados de vigilantes, se cotizan chapas de seguridad, alarmas o monitoreos de casas a través de cámaras. Ya los sitios libres para transitar se reducen, se agotan, todo se parcela con alambres de púas, avisos que amedrentan: "Si usted no es de este lugar siéntase vigilado". Ya los propios vecinos nos dan miedo porque no sabemos nada de ellos, desconfiamos de aquel que llegue a casa sin ser anunciado previamente en la portería. Los conjuntos residenciales encuban perfectamente nuestros miedos.

Antes, cuando todavía se hacían casas y se construían barrios sin cercas, uno sabía quiénes eran los vecinos, uno tenía tiempo de conocer a alguien, de hacerse un amigo, de enamorarse eternamente de una vecina. El barrio era un asentamiento, era una comunidad que se reconocía y se respetaba, se protegía a sí mismo, era solidario cuando se requería y era discreto la mayoría de las veces. Todos respetaban el espacio y la intimidad, sabían muy bien qué era de quién y se cuidaba con reverencia.

Tan tristes y distantes son los barrios cercados de hoy que ya ni siquiera tienen loquito propio que pase cada tanto y asuste a los niños casi jugando con ellos, ni señor que venda sorpresas por las calles, como me tocó a mí cuando un señor canoso llegaba en una bicicleta y los niños lo rodeábamos sin temor para saber qué cosas extrañas traía en ese morral negro.

Antes, por más lujosa que fuera una urbanización para pasar vacaciones, por lo general había una gran piscina, en su defecto dos o tres dependiendo del tamaño del conjunto, que debía ser compartida por los residentes que optaban por pasar una temporada de descanso. Hoy, como todo es exclusivo y así se vende mejor, las nuevas casas de campo o de verano incluyen su propia piscina, su propia zona de juegos, su propia intención de mezclarse lo menos posible con el otro. Ya los niños de estos lujosos condominios rara vez se mezclan con otros, prefieren tranzar relaciones más directas con sus propias soledades. El concepto de sociedad, de compartir, de pasarle un pedazo de carne asada recién hecha al vecino poco a poco se ha ido perdiendo.

Una sociedad que no se toca, que no confía en el otro, es una sociedad que aumenta la sospecha, es una sociedad que se destruye de a poquito en las más crueles incertidumbres. Una sociedad segura no puede entenderse como aquella que está resguardada por las cercas y las concertinas de alambre, una sociedad segura es aquella que es libre y crea, más que encierros, confianza.

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