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El sí del Presidente

11 de octubre de 2008
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El "sí" del Presidente ha de ser rotundo, vigoroso, convencido y, sobre todo, oportuno, es decir, inmediato. O que venga en su lugar el "no" que le abra a la política colombiana nuevos espacios y nos obligue desde ahora, sin dilaciones, a conformar las fuerzas que puedan oponerse al chavismo y darles oportunidad de supervivencia a las realizaciones, a la concepción de la vida colombiana, a los compromisos que entre todos asumimos con la dirección del mejor presidente que ha tenido el país en toda su historia.

Las ambigüedades, evasivas y artificios verbales con los que el doctor Uribe Vélez se está refiriendo a la posibilidad de su reelección, nos están causando enorme daño. Cada día nos dividimos, nos separamos, nos fragmentamos más, por culpa de estos hondos silencios y de estas palabras a medias. Cuando el Presidente dice que no es partidario de que nadie se perpetúe en el poder, creemos que se niega a la reelección; pero cuando en seguida se refiere a la Seguridad Democrática y al ímpetu inversionista como valores que han de defenderse a cualquier costo, creemos que quiere la reelección; cuando lanza candidatos para sucederle, creemos que niega; cuando son tantos, creemos que distrae y afirma; cuando pone por delante del proyecto los muy débiles de las reformas propuestas por su Ministro del Interior y de justicia, creemos que se va; pero cuando le hace la venia a las firmas de más de cinco millones de conciudadanos que le piden que permanezca, volvemos a creer que se queda.

Y así nos mantiene, consultando el oráculo de su esquiva voluntad, tan confusos como los que visitaban el de Delfos para entender a Apolo. Y eso no es justo.

No es un misterio para nadie que jamás nos gustó la reelección. Nos pareció un error que se escribiera en la pasada reforma constitucional que la figura no valdría sino para otro período. La reelección ha de ser indefinida, para que sea el pueblo el que decida si quiere conservar un presidente bueno o castigar con su voto al que lo fatiga. Pero esa es otra historia. Montados en ese problema, al que no fue ajeno el Presidente, hemos visto con horror otro proceso reeleccionista. El país entero dedicado al estéril debate de una reforma con nombre propio; los parlamentarios acudiendo a todas las astucias de los reglamentos para detener el carro de la voluntad popular; los otros, poniéndole precio a su voto; los de más allá haciéndose notar, jugando al malabarismo y ensayando todas las perfidias; el Procurador chantajeando y sacando partido y al final la Corte Constitucional en lo que ya le conocimos hace cuatro años, nos pareció excesivo para la nación. Y dijimos, convencidos, que Colombia tenía figuras dignas de la presidencia, si contaran con el gran elector que fuera el propio Presidente, que uniera alrededor de un nombre, un programa, una señal de continuidad en lo esencial y de renovación en lo necesario, al 80% de quienes seguimos convencidos de que éste no es un episodio circunstancial sino un enorme proyecto del alma nacional para muchos años.

El tiempo se agota. Nos parece que las dudas del Presidente le cerraron caminos a otra alternativa y que su nombre es la única garantía de rescate de los valores esenciales que su obra representa. Y ya no tenemos espacio para pensar, fríamente, en otra solución. Mientras tanto, el chavismo colombiano se alista, perfecciona sus métodos y prepara una candidatura de esas que tranquilizan y después matan. Como fue Chávez. Algo así como Garzón de demócrata, ecuánime y bonachón, para dejar luego el país como quedó Bogotá. O un Sergio Fajardo, con su lenguaje melifluo y equívoco, que ya propone voltear la página para abrir la de otro Caguán. Los que todo lo negocian terminan algún día por quedarse con todo. El poder a medias, las formas de la anarquía de los negociadores de todo, conducen al absolutismo más despiadado. Pero esa también es otra historia. En la que estamos es muy sencilla: el Presidente habla, o nos manda a callar a todos para siempre.

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