En Europa nadie tiene nada que celebrar. El viejo continente no había siquiera terminado la horrible resaca del 2011, año de crisis económica y amenazas de división, cuando la canciller alemana, Angela Merkel, hizo el primer anuncio del 2012 con un pronóstico apocalíptico: "El nuevo año será, sin duda, mucho peor que el que pasó".
La sentencia de Merkel, quien se ha convertido por mérito propio en el timonel de la recuperación europea, es una advertencia de la necesidad de salvar la Unión antes de que la crisis del euro resquebraje definitivamente los ideales de un continente integrado. Es, también, una apuesta política de un calado inmenso y cuya respuesta no admite grises. O Europa entera ajuicia su doctrina fiscal y le juega a la colaboración entre los estados, o definitivamente las naciones deciden divorciar la idea de una comunidad cooperativa y se regresa a los esfuerzos individuales.
Nicolas Sarkozy, presidente de Francia y convencido de la idea de reforzar la Unión, no fue menos tibio al calificar el nuevo año y lo denominó "el año de todos los riesgos y todos los peligros".
En época de anuncios apocalípticos las advertencias de ambos suenan demasiado catastróficas para ser reales, pero están sustentadas en bases creíbles. Europa demuestra por momentos una inferioridad pasmosa frente al compromiso que le atañe.
A pesar de la cercanía entre Merkel y Sarkozy, el primer gran reto del año que apenas comienza es la puja entre ambos por imponer sus posiciones de la refundación de la Unión. La alemana, por un lado, pide que todos se aprieten los cinturones y que cada país responda por sus fracasos. Sarkozy, por el contrario, cree que además de las restricciones económicas de cada nación es necesario un soporte de los más poderosos a los más débiles.
La historia reciente de los salvamentos económicos y específicamente el rescate de Grecia han dejado esa segunda corriente golpeada y es sumamente impopular entre los ciudadanos.
Si el tire y afloje entre ambas posiciones se extiende demasiado en el tiempo o incluso se torna políticamente violento, Europa explotará.
Hoy, el viejo continente es un esbozo de desastre y la debacle está a la vuelta de la esquina. Espera que los egos del poder o los hilos de los nacionalismos den apenas el empujón necesario para que todo se vaya al abismo. Allí la anhelada integración continental pasará a ser un corto capítulo en la narración de la historia.
Me atrevo a creer que fue la moneda única la que desnudó las falencias comunitarias e inició el camino de la profunda crisis, pero que serán los discursos nacionalistas y los políticos en busca de votos y de aplausos fáciles los que puedan acabar con la estabilidad de todo el continente.
Para los europeos el 2012 sí puede ser el año del fin. El tiempo en el que se entierre la propuesta inspiradora de un terreno con varias naciones, pocas fronteras y un solo ideal comunitario.
Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8