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Espero equivocarme

  • Francisco Javier Saldarriaga A. | Francisco Javier Saldarriaga A.
    Francisco Javier Saldarriaga A. | Francisco Javier Saldarriaga A.
05 de agosto de 2010
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En ocasiones recaigo en mi masoquismo y dejo sintonizado por algunos momentos, creo que mientras dura la recaída que afortunadamente no es muy extensa, un programa radial que se llama Hora 20 , dirigido por un personaje muy peculiar y que en general, invita a otros individuos muy peculiares también.

Dentro de esos aparece una serie de bogoteños que antes que nada hacen honor al título, puesto que ni son de allá ni de ninguna otra parte, lo que los hace más extraños.

Hay unas representantes del género femenino: una María y una Claudia; que parece se desayunan con alguito de veneno, tienen la misma dieta de un caballero que también se cree periodista, que cada que pasa por un espejo se mira... y se da un puño.

A la Claudia esa, le escuché mientras recaí, que ahora llegaba un nuevo estilo de gobernar, puesto que abandonaba el poder un representante del poder regional y llagaba a la casa de Nariño, un típico representante del poder central.

Eso denotaba una ¿mejoría? y a continuación se despachó, como le es habitual en una sarta de críticas, sucias y destructivas del Presidente Uribe, el Presidente más apreciado por la gran mayoría de los colombianos, a pesar de la rabia interna de esos peculiares y asiduos invitados a la hora del desahogo de la envidia.

Que yo sepa Colombia siempre ha sido un país de regiones y de pronto las diferencias se centran en la forma de actuar de los habitantes de esas regiones, pues mientras algunos somos frenteros, trabajadores y echados para adelante, otros se contentan con la marrullería, el disimulo, la trampa y la corrupción y como tal catalogan al resto de colombianos.

Tuve la oportunidad de tratar y soportar una empresa con esa cultura centralista, o mejor capitalina, y de verdad encontré que esos comportamientos son el denominador común de todos allí.

Como viven de la trampa y del engaño, suponen que los demás mortales somos iguales, para ellos el compromiso y la transparencia no existen; siempre buscan el lado opaco de las cosas.

Espero que ese nuevo estilo no se tiña con esas costumbres de la puñalada trapera, el decir una cosa y hacer la otra, la marrullería chibcha y todas esas triquiñuelas y usanzas que han hecho de la capital un mar de corrupción y de desconfianza.

Ese sí sería un mazazo demoledor contra la confianza que recuperó Uribe, durante sus productivos ocho años de mandato.

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