Es un deja vu que genera indignación en buena parte del mundo. Una historia que se repite cíclicamente en medio de los consejos no oídos. Tiene como protagonista a la primera potencia del mundo y como observador al resto del planeta.
Estados Unidos, o al menos una porción generosa de sus ciudadanos, se inclina hacia una decisión que a las luces del resto del mundo es errada. En tiempos recientes pasó en Guantánamo, pasó con la invasión a Irak, pasó con la reelección de George W. Bush, pasó con su economía y pasa ahora con su tenebrosa inclinación a la extrema derecha.
No hay sorpresa en las tendencias conservadoras estadounidenses ni hay asombro en sus halcones, presentes desde la fundación de la nación. Sin embargo, el increíble espectáculo de la carrera en las primarias republicanas para las presidenciales del próximo noviembre tiene a los editoriales de los periódicos estadounidenses preguntándose si el país no está cayendo demasiado bajo.
Se repiten en las revistas de todos los cortes ideológicos la premisa de que Estados Unidos transita por los últimos años de su hegemonía. Los problemas económicos, el desempleo y el irrespeto por las normas internacionales en tiempos de Bush hijo, tienen a los mismos políticos estadounidenses encabezando discursos con la manida frase que llama a "enderezar el camino".
Y arribamos entonces al 2012, año electoral. El mapa es simple pero desolador: Barack Obama busca su reelección, pero no tiene mucho que mostrar, y en el bando opositor los republicanos votan para escoger su contrincante con el armamento enfilado en criticar todo lo hecho en los últimos años.
En su sistema de votaciones Estado por Estado para definir el candidato que le pelee a Obama la Casa Blanca, el partido de derecha estadounidense convirtió la política interna en un circo de acusaciones. Primero contra el Jefe de Estado, acusándolo de inútil y apátrida, pero también entre ellos mismos apuntándose con el índice y tachándose entre gritos de mentirosos e ignorantes.
En Iowa, primer Estado de las internas republicanas, el ganador fue el moderado convertido a derechista Mitt Romney, seguido por el recalcitrante Rick Santorum, a solo ocho votos de un total cercano a los 120 mil. Empatados con un 24,6 por ciento de votación evidenciaron la profunda división del partido.
De la primera ronda interna republicana el único ganador fue el presidente Barack Obama que, desde la otra orilla, ve cómo sus contrincantes se destrozan como buitres.
La culpa recae en la extrema derecha. El Tea Party, movimiento abanderado del más testarudo conservadurismo, se ofrece como un germen interno que mina la capacidad de unión entre los republicanos. Cualquiera que muestre tendencias de centro es considerado poco menos que comunista.
Romney se perfila por ahora como el único medianamente fuerte para correr en las elecciones nacionales, pero aún así, es destrozado por sus mismos partidarios por ser demasiado blando. Con un pasado en el centro, que ahora quiere negar frunciendo el ceño, su liderazgo está resquebrajando a la colectividad. O se está con él o contra él.
La recuperación de los grandes valores de un país y reencontrar la ruta hacia el progreso, requiere necesariamente la unión de sus ciudadanos, pero hoy Estados Unidos parece más agrietado que nunca.
Estados Unidos es una gran nación, constituida en medio de valores que lograron enaltecer la independencia y la libertad. Ahora, en uno de sus capítulos más negros, no se ve la sabiduría de sus líderes.
Se pide una actitud de grandeza desde cada esquina de la Unión pero nadie responde. Para la grandeza se necesita deponer el individualismo político y eso, en año de elecciones, es un deseo demasiado ambicioso. Casi infantil.
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