Eucaristía es una palabra bella. Significa dar gracias por un buen regalo. La vida es regalo, innumerables regalos: comida y bebida para el hambre y la sed de cuerpo y alma, y vestido para la desnudez de cuerpo y alma.
La necesidad hace más valioso el regalo. Del cuerpo y del alma. Me detengo a contemplar la necesidad que tengo, la necesidad que soy. Necesito adiestrarme en el arte de recibir y dar, de dar y recibir, de reconocer, de dar gracias. Necesito derretirme de gratitud.
La vida es regalo, la síntesis de todos los regalos.
¿Quién me la da? Me confundo de hacerme poco o nada esta pregunta. Me abismo de lo poco que sé de él, del que me da la vida. Es infinito el horizonte de su generosidad. ¿Es posible que mi fantasía recorra ese camino, el camino del infinito, del que es infinita generosidad?
La eucaristía, dar gracias por un buen regalo, pertenece a lo más elemental de la vida cotidiana. En la gratitud coinciden urbanidad y teología.
Nada más grato que dar gracias, y también de recibirlas. La gratitud hace la vida deliciosa. Reconocer la generosidad divina ensancha sin medida el corazón. Vengo de la gratitud y voy a ella.
Eucaristía es ofrenda, ofertorio. Vivo de la reciprocidad. Doy lo que me dan, la vida. Dios es amor, pura generosidad. La tierra la toma, la generosidad divina, y la convierte en trigo y en uvas, que el hombre transforma en pan y vino, comida y bebida de salvación.
Jesús es el señor de la gratitud. "Te alabo, Padre, y te bendigo porque has revelado tu amor a los pequeños" (Mt. 11, 25). "Tomó Jesús los panes y después de dar gracias los repartió" (Jn. 6, 11). "Padre, te doy gracias porque tú siempre me escuchas" (Jn. 11, 41-42).
Juan Ramón Jiménez leyó con devoción los poemas de S. Juan de la Cruz. Lo marcó su lirismo. Este breve poema es endiosamiento de la gratitud.
"Gracias si queréis que mire / hacia los claros manantiales de la aurora. / Gracias si queréis que mire, / gracias si queréis cegarme, / gracias por todo y por nada".
La gratitud no le cabía en el alma. Salía en cada latido del corazón. No necesitaba ningún motivo para vivir derretido de gratitud.
La gratitud, que doy y que recibo, ensancha sin medida el corazón, hace la vida deliciosa.
* Monticelo, Centro de Mística.
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