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22 de mayo de 2013
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Tal vez no sea la imagen de alguien que cuelga de una soga.

Mucho menos sea el registro de un cuerpo cercenado después de una bomba, o la prueba de una masacre que dejó seis cuerpos inertes en una esquina. Quizá la imagen que publicó el lunes 20 de mayo este diario no sea tan aterradora: una casita rural, una ventana azul, una fachada de dos colores: verde y curuba, tres matas que adornan el frente, una puerta de aluminio cerrada, un soldado que recorre un pasillo en La Loma.

El problema es que esa imagen, que tiene un afiche pegado en la puerta que dice: "Vivienda en protección", es el resultado terrible del conflicto en Medellín. "Las fotografías objetivan: convierten un hecho o una persona en algo que puede ser poseído. Y las fotografías son un género de alquimia, por cuanto se les valora como relato transparente de la realidad", dice Susan Sontag en "Ante el dolor de los demás".

Detrás de este letrero veo cómo, ante la desconfianza de los ciudadanos por las autoridades legales, la Alcaldía se juega una última carta de confianza para cuidar, al menos, los inmuebles. La medida llega tarde, desde mucho antes la fuerza pública debió brindar seguridad, no debió permitir que los habitantes creyeran más en las amenazas de los combos que llenan listas de muertos "espontáneos".

Por eso la "asepsia" de este letrero es sutil, dimensiona de manera peligrosísima el conflicto. Al paso que vamos, muy pronto el Ejército cuidará muy bien los barrios desolados y les dará "parte" de tranquilidad a las ventanas, a los objetos abandonados. Los ciudadanos serán apenas un murmullo, un recuerdo, los barrios serán un cementerio de recuerdos y añoranzas.

Pero creo que esta imagen también pasará. Ya ese asunto de que las fotografías denuncian y alteran una conducta hasta el punto de conmocionar, no resulta del todo efectivo en un país que ha dejado de aterrarse. Nos acostumbramos a las imágenes del desarraigo, a las casas destrozadas, a los viejos que lloran, a los cuerpos mutilados, a los vidrios rotos por las balas, a los letreros u afiches sutiles que tratan de colgar de un hilo la presencia del Estado. El problema, como dice Susan Sontag, no es que la gente recuerde por medio de fotografías, sino que sólo recuerde las fotografías; en esa medida los colombianos tenemos que hacer un esfuerzo para entender o imaginar lo que hay detrás de una escena, detrás de un enfoque, detrás de las casas desoladas, detrás de esos nombres que a veces se graban en placas de mármol porque no quisieron escapar a tiempo. La ciudad no deja de sentir miedo, esta fotografía es una pequeña muestra.

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