Gadafi siempre pregonó que moriría bajo el fuego de las armas y que su cuerpo jamás caería en manos de sus oprimidos. Los dictadores suelen morir en su ley: humillados, apedreados y ultrajados por sus víctimas. Las imágenes de prensa con la foto del cadáver del dictador libio recorrieron el mundo; atrás quedaron los finos damascos, su turbante y nada de su vestimenta, su cuerpo quedó a merced de la multitud que años atrás oprimió sin clemencia ni compasión. Nada pudieron hacer sus voluptuosas amazonas para rescatarle del feroz bombardeo ni de las manos que en la primavera árabe clamaban justicia y libertad.
El cadáver fue víctima de la multitud que enardecida arrastró el cadáver del dictador por las calles de Sirte (Libia). Escenas como estas suelen ocurrir después que caen los dictadores cuyos cuerpos son ultrajados, mientras otros lo proclaman como un trofeo de guerra, sus partes anatómicas segmentadas y hasta sus genitales extirpados y pisoteados.
En todas las culturas existe el respeto al cadáver y la tradición de disponer de los mismos en una tumba o mausoleos para venerar su memoria y ese lugar se convierte en un altar donde los deudos hacen recordación del ser querido y se ponen en contacto con el más allá. Nos es así en el caso de los dictadores y tiranos que oprimen y maltratan sus pueblos.
Basta recordar las imágenes del dictador italiano Benito Mussolini, las multitudes arrastrando el cadáver sobre el pavimento de la Vía Véneto y cobrando venganza sobre las carnes del dictador abatido.
A cambio de poner el cadáver de Gadafi sobre un clino, ataúd o parihuela para rendirle tributo y un último adiós la multitud enardecida refriega el pavimento con las carnes del dictador Muamar Gadafi para humillarle pero también para mostrar que su cuerpo es igual al de cualquier otro ser. Y, como una manera de liberar todo el odio represado en cuarenta y dos años de tiranía y opresión; también para significar que su cuerpo no tendrá descanso eterno y no habrá tumba para rendirle tributo o una oración.
En épocas actuales donde todo se evidencia a través de fotografías, videos, etc. La multitud que tomó el cadáver de Gadafi optó por exhibirlo al mundo como una prueba de derrota de la opresión; en otros casos los cuerpos de dictadores y opresores son incinerados o picados en partes que luego son arrojadas al mar o a los ríos y para que más allá de toda duda razonable el mundo evidencie la derrota de la tiranía.
Más aun, en estas situaciones poco o nada pueden hacer las autoridades legítimamente constituidas para hacer investigación médico legal de la causa y mecanismo de la muerte y establecer las circunstancias que rodearon los hechos, pues la multitud solo quiere exhibir el cadáver, esta vez, como el botín de ocho meses de guerra.
La primavera árabe pasó dejando una estela escarlata sobre los pueblos oprimidos durante cuarenta y dos años y dejó en manos del pueblo el cadáver de su opresor que al igual que todos los dictadores prefieren morir arrastrados que deponer su poder en aras de la libertad, la igualdad y la democracia.
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