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HISTÓRICO
Hora de cumplir
  • ILUSTRACIÓN ESTEBAN PARÍS
    ILUSTRACIÓN ESTEBAN PARÍS
EL COLOMBIANO | Publicado el 15 de junio de 2014

Siete millones ochocientos mil colombianos eligieron ayer la promesa de paz ofrecida por el presidente Juan Manuel Santos, en la que ojalá sea la última reelección antes de reformular el sistema y pasar a un solo mandato más extenso.

Hace cuatro años fueron más de 9 millones de votantes los que creyeron en su proyecto de continuidad de la Seguridad Democrática. Pero a pesar de la disminución de su caudal electoral, el de ayer fue un triunfo suficiente para despejar dudas sobre falta de transparencia en las elecciones.

Los resultados fueron entregados con rapidez, lo que, aparte del buen papel de la Registraduría, da cuenta del ambiente de tranquilidad en que se desarrolló la jornada.

De 33 millones de ciudadanos aptos para votar, lo hicieron menos de la mitad: unos 15 millones 780 mil (47,85 %). Una participación mayor que la de la primera vuelta (41,5 %), pero lo suficientemente baja como para insistir en que la clase política se debe preocupar. Tanto como para que, mediante la legitimidad de ejercicio que brinda el buen desempeño del servicio público, los lleve a asegurar una mayor inmersión de los ciudadanos en los procesos políticos que a todos nos afectan.

El discurso de victoria de Santos fue más propio de político en plaza pública que de líder dotado para abordar los grandes desafíos del gobierno. En su introducción fue en extremo folclórico, y luego plagado de guiños clientelistas, vaguedades y frases de pancarta. Dejó pasar una oportunidad única para mostrarse como un verdadero estadista.

Por el contrario, el discurso de Óscar Iván Zuluaga fue comedido, elegante y respetuoso. Agradecido con sus votantes y conciliador. Dejó la impresión de haber recuperado su propio estilo, ser consecuente con sus ideas y personalidad. Mostró su esencia.

Como lo reiteramos ayer, esta no fue una campaña ejemplar. Aparte de las estigmatizaciones y simplificaciones del mensaje del contrario, se redujo a la contraposición entre paz o guerra.

Un dilema que no es secundario. En verdad que la paz es la clave de nuestro futuro. Pero presentada con esa falta de honradez lo único que se garantiza son hondas decepciones, ojalá no muy próximas. Se nos habló de la paz como un hecho cumplido, como si estuviera ya al alcance de la mano, como si no la hubiéramos alcanzado por simple capricho guerrerista. O lo peor, como si el 99 % de los colombianos fuéramos los agresores o causantes del embate armado de la guerrilla.

Ayer el presidente reelegido afirmó que su mayoría electoral es un mandato por la paz. No obstante haber sido ratificado en su puesto por menos de la cuarta parte del censo electoral, no es incorrecto afirmar que es, efectivamente, un respaldo a las gestiones que se hacen para lograr la desmovilización de una parte considerable (se supone) de las Farc y del Eln.

Los mismos negociadores del gobierno en La Habana han dicho que, de llegarse a un acuerdo final para el cese del conflicto armado, ese no es el punto de llegada de la paz, si no apenas el de partida. Es de allí en adelante que hay que emplearse a fondo para garantizar la pacificación del país, que se logrará en buena medida si no hay impunidad ni concesiones que impliquen humillación para las víctimas de más de cinco décadas de crímenes y desafueros.

El presidente reelegido se ha comprometido, una y otra vez, a que los acuerdos que eventualmente lleguen a firmarse con la guerrilla serán sometidos a refrendación popular. Sus casi ocho millones de votantes de ayer con toda seguridad asumen ese compromiso como palabra de honor, contra la cual no cabrán esguinces ni relativizaciones.

Si alguien debe tomar nota del resultado de las urnas son las Farc y el Eln. Algo de eso reconoció el propio Santos ayer.

Si hubo una mayoría de votantes por las posibilidades de paz, también hubo copiosa votación por un mensaje no de guerra, si no de menor margen de concesiones. Porque el mensaje de ayer fue de apoyo a la institucionalidad, no una carta blanca a pretensiones inadmisibles de quienes ya bastante comprensión y flexibilidad han recibido del sistema político colombiano.
Contraposición

LA VOTACIÓN QUE OBTUVO SANTOS ES UN MANDATO MUY PRECARIO POR LA PAZ

Por ALFREDO RANGEL
Senador electo por el Centro Democrático y analista del conflicto.


El Presidente en su discurso sigue siendo un vendedor de ilusiones, engañando al pueblo colombiano con la inminencia de la paz y debe tomar nota de que por lo menos la mitad del pueblo colombiano no cree en esas ilusiones de paz que está generando irresponsablemente. Y esto lo debe llevar a replantear la forma en que conduce esos diálogos de paz en Cuba.


Esta votación es un mandato muy precario por la paz, porque es apoyado solamente por la mitad de los colombianos. La otra mitad no quiere la paz que él estaba ofreciendo.


Esto lo obliga a repensar, de manera responsable, lo que está pasando con los diálogos en La Habana y los que comienza con el Eln.


Es un hecho además que los casos de fraude electoral se triplicaron entre la primera y la segunda vuelta y que la compra-venta de votos también se multiplicó, así como la participación irregular de alcaldes y gobernadores en las elecciones.


De igual manera, la enorme cantidad de recursos públicos que el gobierno de Santos puso a disposición de los parlamentarios en estas elecciones es un fraude para la democracia.

El país tiene que pensar en serio en una reforma electoral muy profunda para neutralizar esos vicios que pervierten la democracia y que con el presidente Santos se han venido institucionalizando.