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Idólatras del bullicio

  • Ernesto Ochoa Moreno | Ernesto Ochoa Moreno
    Ernesto Ochoa Moreno | Ernesto Ochoa Moreno
01 de julio de 2011
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Somos, definitivamente, un pueblo bullanguero y ruidoso. Y no se trata sólo de la natural algazara que suele acompañar una fiesta, o del vocerío que brota de los tumultos y reuniones populares, sino de la incomprensible e insufrible trapatiesta que cuando menos se piensa se arma en el apartamento de al lado, contiguo al cuyo. Si no es que el barullo y la cencerrada son programa de cada día (o de cada noche, que es peor), sin ningún motivo aparente. Y sin ninguna posible solución, para colmo de males.

¿Cómo es posible que alguien encienda un equipo de sonido y lo mantenga a todo volumen durante la mayor parte del día (o de la noche) y se sumerja, ahogando a todos a su alrededor, en el ruido estentóreo, en una bulla sin resquicios?

Detrás del alboroto siempre hay un vacío interior, un miedo a la soledad y al silencio que denotan falta de raíces. Es como si el ser humano estuviera taponando con sonidos ese vacío, acudiendo a todas las posibles fuentes de contaminación sicológica por ruido. Porque no se trata de una contaminación que se mide por decibeles, sino la que se capta en la angustia, en la desesperación, en la neurosis. No es el oído sino el alma lo que hiere esta burda idolatría del ruido.

Todos los planes de silencio, de soledad y tranquilidad que uno anhela al alejarse del centro de la ciudad en busca de una vivienda soñada como un oasis de silencio, se vienen abajo cuando, al lado, pared de por medio, estalla la batahola de una orquesta invisible y el aire se llena de música estentórea. No hay motivo para encender el equipo de sonido, sino simplemente el de asesinar el silencio a como dé. Al cabo de varias horas -muchas veces a la vuelta de toda una noche de insomnio obligado- la paciencia está resquebrajada y uno al borde de la locura.

¿Han pensado alguna vez nuestros constructores, nuestros urbanizadores, si nuestro pueblo está en condiciones de vivir en apartamentos a la europea, o en las casitas casi de cartón con que el negocio de la construcción, a ciencia y conciencia del gobierno embeleca a una clase media cada vez más proletarizada?

La impresión es que en Colombia no se urbaniza teniendo en cuenta la idiosincrasia del pueblo, sus condicionamientos y exigencias sociales, sicológicas y culturales, sus necesidades individuales y familiares. La consigna parece ser construir barato, aunque cobrando caro y, tras engañar con fementidas maravillas publicitarias a los usuarios, abandonarlos a su propia suerte, sin tener en cuenta su bienestar humano y comunitario.

¿Está, por ejemplo, nuestro pueblo preparado para vivir bajo un régimen de propiedad horizontal cuyos reglamentos fueron hechos en los escritorios de los constructores por los abogados de las constructoras, sin consultar para nada las apetencias y las expectativas de los usuarios de esas urbanizaciones?

Dando por descontado que no hay una adecuada preparación administrativa en quienes acaban dirigiendo los destinos de esas forzadas comunidades egoístas, donde cada uno tira por su lado y no hay conciencia colectiva.

Una ciudad o un barrio que no están hechos por sus pobladores paso a paso, vivencia a vivencia, sino que son construidos en serie para amontonar indiscriminadamente en ellos a ignotos habitantes, acaban siendo inhumanos. Después vienen los fenómenos de desarraigo social y familiar, de violencia y delincuencia, en quienes no tuvieron o no tienen conciencia de pertenencia a un hogar, a una casa, a una calle, a un barrio, a una ciudad.

En esto pienso cuando aquí, contra la pared de la habitación en la que escribo, rebotan furiosos los sonidos de una música insoportable con la que algún idólatra del bullicio intenta matar el silencio. Que el Dios de ese silencio le perdone.

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