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HISTÓRICO
Íngrid Betancourt y Tanja Nijmeijer
  • León Valencia | León Valencia
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León Valencia | Publicado el 20 de septiembre de 2010

Cuando empecé a escribir la historia de Tanja Nijmeijer, una holandesa en la guerrilla colombiana, pensé mucho en Íngrid Betancourt.

De eso hace casi tres años. Betancourt estaba aún en manos de las Farc y la dirigencia guerrillera había enviado como prueba de supervivencia un video en el que aparecía la dirigente política en un doloroso estado de salud y en la más brutal humillación.

También había salido a la luz pública el diario de Tanja Nijmeijer, capturado en un ataque al campamento de Carlos Antonio Lozada, en cercanías al corregimiento de La Julia, en el departamento del Meta.

Allí Tanja contaba sus angustias y sus dudas y describía la azarosa vida interna de la guerrilla y las graves injusticias que se cometían a nombre del ideal revolucionario.

Estas dos mujeres estaban en posiciones antípodas en la guerrilla.

Íngrid soportaba el largo martirio del secuestro; y Tanja, en cambio, estaba en las Farc por voluntad propia después de buscar durante varios años su participación en la guerra colombiana.

Pero tenían muchas cosas en común. Eran mujeres jóvenes, inteligentes, profesionales y hermosas. Una de origen colombiana tenía la nacionalidad francesa.

La otra, nacida en Holanda, deambulaba en las montañas del sur del país como una colombiana más. Ambas ligadas a Europa y a Colombia de una manera profunda.

Y lo más importante, compartían una tragedia: la crueldad del conflicto armado que desde hace más de cuatro décadas vive nuestro país.

Estaban atadas al dolor diario que produce la brutal guerra que azota el país. La una causándolo, y a veces sufriéndolo; y la otra como víctima y espectadora obligada.

No hubo día, en los primeros meses de investigación sobre el libro de Tanja, que no recordara a Íngrid Betancourt. Se me aparecía en la memoria cada vez que daba un paso en el conocimiento de la vida de Tanja.

Pensaba en el atroz contraste de sus vidas en esas montañas de miedo. Me imaginaba en el encuentro que un día tendrían en algún paraje de los montes colombianos.

En mayo pasado fui a lanzar la historia de Tanja en Holanda. Me encontré con algunos amigos holandeses y me comentaron que frente a Tanja las opiniones estaban divididas. Una parte rechazaba su compromiso con el terror en una guerra lejana y la otra se atrevía a aplaudir su rebeldía y su decisión de luchar por una causa revolucionaria en un país que no le pertenecía.

Ahora Íngrid lanza el libro en el que revela cada detalle de su asombroso cautiverio y vaya paradoja, también en Colombia hay una división en torno a la figura de Íngrid; para algunos se trata de una mujer víctima de las guerrillas y también del propio Estado, una heroína incomprendida y asediada; para otros una líder política ambiciosa que tiene mucha responsabilidad en su secuestro y que luego intentó erradamente sacarle provecho al dolor esquilmando al Estado con una gran indemnización.

La tragedia de Íngrid tuvo, en todo caso, un final feliz.

La operación "Jaque" la trajo a la libertad y ahora tiene la oportunidad de hacer oír su voz, de romper el largo silencio en el que la tuvieron las Farc durante más de seis años. Tiene la posibilidad de mostrar la ignominia a que fue sometida y dar testimonio de su coraje y de su resistencia.

En cambio, la audacia de Tanja difícilmente tendrá un desenlace amable y feliz.

Las opciones son muy tristes para ella y para su familia: morir en medio de los combates constantes que afronta el Bloque Oriental de las Farc; o caer presa en alguna de esas confrontaciones.

Sólo hay una posibilidad benéfica: que a corto o mediano plazo se pueda realizar un proceso de paz entre el Gobierno y las Farc.

En esa eventualidad, Tanja se vería quizás beneficiada por algún tipo de indulto o amnistía para regresar a Holanda, al lado de sus familiares y de sus amigos.