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Inquilinato en el cielo de San Félix

Volar en parapente, por primera vez en la vida, es una experiencia increíble para quienes han soñado con tocar el cielo.

10 de noviembre de 2012
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"Me siento más seguro en el aire que en la tierra", cuenta Gabriel mientras que en sus gafas se ve el reflejo de Bello, lleno de casas diminutas.

Es una tarde con cielo despejado y un viento que rompe contra la montaña en San Félix. Y en medio de la inmensidad del fondo azul, ocho parapentes rompen con la cómoda tranquilidad visual.

Arriba, y surcando los aires, varias telas de color parecen recrearse con las corrientes térmicas y se precipitan hacia al fondo en caída libre.

Late el corazón a mil por la adrenalina, pero se vuelve a la calma cuando el parapente recupera altura. Gabriel Jaime García vuela en un ala amarilla y blanca. Dice que le tiene más respeto a pisar la tierra que a volar por los aires.

Han pasado 10 minutos desde que él, cubierto de pies a cabeza con un traje gris, un casco negro, unas gafas, y un pasajero a bordo, dejaron de sentir el piso duro y volaron por encima de 370 mil bellanitas que se acostumbraron a ver a los inquilinos del cielo.

El cerro San Félix se convirtió en la segunda casa de ellos. Allí, diariamente, se ha encargado de cumplirle el sueño a cientos de turistas que llegan para sentir la experiencia de volar, sueño frustrado del hombre a través de la historia.

Una y otra vez, en medio de un golpeteo continuo del fuerte viento, los pilotos explican a los usuarios el modus operandi de la acción que van a ejecutar.

La sensación de quienes vuelan por primera vez es inmensurable. Los mareos, los nervios y a veces las lágrimas se han convertido en el cúmulo de vivencias que les ha dejado esta profesión a Gabriel y a sus compañeros de trabajo.

El aire es el cómplice; el parapente, el mejor amigo; y la satisfacción de los viajeros, la recompensa a una labor que permite, con mucha adrenalina, echar a volar los sueños de quienes siempre añoraron tocar el cielo con las manos.

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