Dos aguaceros que cayeron sobre buena parte del Área Metropolitana, entre la madrugada del lunes y la tarde del martes, no sólo dejaron al descubierto el drama de decenas de familias damnificadas y de viajeros atrapados en medio de las inundaciones, sino nuestra pobreza en materia de prevención y mitigación de los desastres naturales.
El desbordamiento de quebradas, los deslizamientos en las zonas de ladera y el represamiento de las aguas lluvias sobre vías de alto tráfico vehicular, en especial en los llamados deprimidos, demuestran que no hemos aprendido de nuestros errores y que las advertencias y recomendaciones de las autoridades ambientales siguen corriendo aguas abajo, en medio de un mar de improvisaciones y negligencias.
No resulta un argumento de defensa sólido decir que estas nuevas tragedias por el invierno en buena parte de Medellín, su Área Metropolitana y algunas zonas del Departamento son hechos impredecibles y difíciles de enfrentar, porque son conocidos los pronósticos del Ideam e identificados los puntos críticos por vulnerabilidad ante el invierno. Lo que ha hecho falta, y sigue haciendo, es una verdadera política de prevención que permita anticipar tantos siniestros o, por lo menos, mitigar sus efectos.
La riqueza hídrica de esta región debe ser un valor estratégico y no una amenaza constante. Y lo primero que habría que hacer, sin temores ni protagonismos, es revisar los planes de ordenamiento territorial y ajustarlos a las nuevas realidades, sobre todo en materia de cambio climático.
El Área Metropolitana, como autoridad ambiental, ha hecho esfuerzos importantes, pero todavía insuficientes, para poner a hablar el mismo idioma de la prevención a los alcaldes de los municipios que la integran. No menos urgente es articular los programas del Departamento y acometer una serie de obras y planes de reubicación, pues se siguen construyendo viviendas en zonas de riesgo por inundación y deslizamiento.
Pero mientras eso sucede, y por lo visto será demorado, no podemos seguir actuando de forma reactiva, es decir, cuando los daños están hechos.
Los históricos niveles de pluviosidad que se vienen registrando por efectos del fenómeno de La Niña obligan a cambiar los modelos de prevención que se tenían para épocas menos lluviosas, sobre todo cuando los expertos advierten que vamos a tener que afrontar un invierno quizás más fuerte que el de comienzos de este año, cuando más de medio país quedó bajo las aguas.
No estamos en el pico más alto de lluvias y todavía hay algún margen de maniobra para evitar que las imágenes de los damnificados en Bello, Belén, Itagüí, Rionegro y otras zonas del Departamento, se conviertan en parte del paisaje de desastre. Que en este caso, no sea cierto aquello de que "desde el desayuno se sabe qué va a ser el almuerzo". De ser así, la vamos a pasar muy mal y hay que evitarlo a toda costa. Con política pública, no con populismo.
Pico y Placa Medellín
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3 y 4
3 y 4