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HISTÓRICO
Juancho Vargas, maestro de maestros y sin título
  • Juancho Vargas, maestro de maestros y sin título | Juan Antonio Sánchez | Juancho Vargas fue pianista de Lucho Bermúdez y fue pieza clave en el crecimiento que tuvieron las cumbias, los porros y las gaitas hace algunos décadas. Es amante del jazz y del bolero.
    Juancho Vargas, maestro de maestros y sin título | Juan Antonio Sánchez | Juancho Vargas fue pianista de Lucho Bermúdez y fue pieza clave en el crecimiento que tuvieron las cumbias, los porros y las gaitas hace algunos décadas. Es amante del jazz y del bolero.
Daniel Rivera Marín | Publicado el 18 de enero de 2012

Juancho Vargas era un muchacho barranquillero que llegó a Bogotá para estudiar Ingeniería Química. Apenas cursaba el primer semestre cuando el hermano de Lucho Bermúdez le dijo que en Medellín el compositor estaba buscando un pianista y que lo quería a él. En ese momento, como por sacar una excusa, dijo: "¿Y cuánto me van a pagar?"

Ochocientos pesos cada mes, cuenta que le pagaban. En esa época, 1955, eran como cuatro millones de pesos, y él nunca había tenido tanta plata junta, así que no lo dudó, se fue para Barranquilla, avisó en la casa y por ahí derecho se casó.

La demora fue el viaje, rapidito estaba tocando en La Voz de Antioquia, donde el maestro Lucho tenía tres conciertos todas las noches, a las 8:00, a las 8:30 y a las 9:00. Los fines de semana había que tocar en el Club Campestre, un trabajo fácil para un músico de vocación, "no me dolía nada".

En 1952 había terminado sus estudios de piano en el instituto Bellas Artes de Barranquilla, incluso antes de que se graduara del colegio. Desde los cinco años estaba repasando las más complicadas obras de la música clásica, desde Bach hasta Beethoven, y se suponía que no podía tocar nada de música popular, pero el profesor Pedro Biava, "un adelantado, un hombre que tocaba como del futuro", impulsó en él las ganas de explorar la cultura, el folclor.

Precisamente ese talento, el de tocar cumbias, gaitas y porros como se debía, como lo hacen los costeños y no con la cuadrícula de los cachacos, fue lo que le gustó a Lucho Bermúdez, además de que, como dicen los músicos, Juancho no pelaba una pepa -una negra en el pentagrama- cuando de leer partitura se trataba.

Pero en cuanto a academia, a Juancho no le fue tan bien, porque como él dice, "ese titulito" que le dieron en Barranquilla no sirvió mucho, porque cuando se presentó en la Universidad de Antioquia, en 1955, le dijeron que no le servía y que tenía que empezar desde cero para graduarse como pianista, como músico profesional.

Un recorrido como sinfonía
Pero la carrera de Juancho no necesitó del título, de música sabía, lo tenía claro. Y lo mejor para él: en la industria de la época lo sabían también.

Así, un día de 1957, en Sonolux le ofrecieron al pianista ser director artístico en la disquera, él dijo que ganaba muy bien, "800 pesos, se me llenó la boca diciéndolo", pero ellos le ofrecieron 1.200 pesos. Después de la oferta, Lucho le dio la bendición, "el fue como un papá. Y cuando me despidió me dijo 'eso sí, me llevas a grabar allá'", y suelta la risa Juancho.

Después vino el contrato con una de las empresas que más quiere, Discos Fuentes, donde ganaba alrededor de 5.000 pesos. Hasta que un día lo llamaron de Estados Unidos, en los sesenta. Le dijeron que se fuera a acompañar a artistas en diferentes presentaciones, "me daban todo y me pagan 1.500 dólares. Con el señor Fuentes hicimos cuentas y eso me daba como 28.000 pesos".

Se fue cinco años, aprovechó y estudió en Berklee, conoció y estuvo con los mejores, incluso, en sesiones privadas acompañó a Frank Sinatra, "él sí cantaba mucho".

Volvió, con un mapa mayor en la cabeza, con más armonías y otra visión. Trabajaba para todas las disqueras y conformó la primera banda de jazz del país, "del jazz que suena a lo de afuera, no a porro".

Hoy, con 77 años, un estudio de grabación en la casa que el mismo maneja y produciendo a su hija, Catalina Vargas, Juancho, con una obra cuya extensión sobrepasa las 3.000 grabaciones, estudia en el programa Colombia Creativa de la Universidad de Antioquia. Cuando llegó por primera vez a la clase de armonía, se dio cuenta de que el profesor fue alumno suyo y que el material con el que iba a impartir conocimiento, lo había traducido él. El maestro se ríe de esos azares de la vida y se alista para irse a la Universidad.