Hace un tiempo alguien me contó que en un barrio de Medellín sus habitantes estaban cansados de que los viciosos se adueñaran de un parque construido para que los niños jugaran. Los papás no querían que sus hijos crecieran oliendo el vicio. Un día se reunieron las mujeres, las matronas del barrio y se pusieron de acuerdo. Hicieron un gran sancocho e invitaron a los "marihuaneritos". Los alimentaron, los hicieron sentir bien y luego les dijeron que estaban muy inconformes con la forma como se estaban comportando.
¿Qué era eso de drogarse en un parque delante de los niños? Que ellas no le veían nada de malo que fumaran pero que, por favor, no lo hicieran en ese lugar que les pertenecía a todos. Los jóvenes entendieron el mensaje. Desde ese momento empezaron a respetar el parque y a los niños.
Cuando me contaron esa historia una vez más me convencí de las virtudes del diálogo, del poder que tiene sentar al otro y explicarle, sin problema, las molestias que sus actos generan. Cuando al otro se le trata como ser humano, por lo general, hay una reacción de ser humano. Si de entrada se juzga o se ataca, el resultado de esa mediación será una defensa que no resolverá el problema.
Alguna vez el escritor argentino Mempo Giardinelli dijo que las ciudades estaban a salvo siempre y cuando los niños todavía jugaran en los parques públicos. Si asumimos esto como cierto, Medellín todavía está a salvo; por eso los habitantes de los barrios donde están ubicados los siete parques biblioteca, que actualmente tienen problemas por el consumo de drogas, deben actuar pronto, no pueden permitir que esto les coja ventaja hasta el punto de que los niños teman ir tranquilos a leer, a jugar o a realizar sus tareas.
No todo puede ser tomado como un asunto de seguridad, no siempre la mejor alternativa es la Policía. La comunidad debe entender que el barrio, las zonas deportivas, los parques biblioteca les pertenecen y allí la convivencia se pone a prueba.
Construir estos espacios no ha sido fácil, por eso un esfuerzo semejante no puede quedar a la deriva. Si de algo ha servido la lectura en aquellos que se han vuelto fieles visitantes a las bibliotecas, es para que crean en un diálogo que más que enemigos, puede atraer aliados que también se preocupen por estos espacios que deben multiplicarse en toda la ciudad para que el conocimiento ahuyente el miedo.
Los directores también tienen que pensar estrategias mucho más fuertes que involucren a los jóvenes que todavía no entienden la importancia de los parques biblioteca, que aún no saben para qué les sirve la educación. Siempre tiene que haber una voz que convenza, que advierta que en sitios tan encantadores siempre hay un libro o algo que puede transformar la vida de una persona.
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