Ya me habían advertido: la casa de Rodrigo Arenas Betancourt, en la vereda El Uvital, de Fredonia, está caída. Pero jamás pensé que fuera a encontrarla en ruinas.
La alarma fue del caminante de Sin Fronteras Bernardo Uribe. Y emprendimos el viaje por esa trocha de piedras sueltas. En el camino hallamos al ex concejal de Fredonia José Fernando Castaño. Estaba en su finca sembrando aromáticas. Nos detuvimos a pedirle nos confirmara la ruta de la casa del principal escultor épico del país. Hizo más que eso: nos acompañó hasta allá. Fue contando cosas del artista. "Él fue conmigo y con otros líderes a Bogotá, a visitar al presidente López Michelsen para que nos adjudicara plata para construir la carretera, porque ellos eran amigos". El Presidente les dijo: "pídanle más bien un hospital a la Federación de Cafeteros".
Que Arenas acostumbraba emborracharse solo en el pueblo, pero si alguien se arrimaba a hablar con él, lo atendía con sencillez. Castaño repitió una frase que le escuchaba al artista en sus juergas: "yo no vivo mi vida: yo me gasto mi vida".
Hizo detener el auto tras ascender por varios minutos, diciendo: "aquí es". Una puerta de madera como para la entrada de autos, deteriorada por la intemperie, estaba cerrada. Apeamos. Seguimos a pie unos ochenta metros por la trocha hasta llegar a una entrada peatonal, perdida entre la vegetación. Antes de entrar, el guía llamó la atención sobre la belleza del Cerro Bravo, montaña piramidal como el Cerro Tusa, de Venecia. "Ese cerro era la inspiración del maestro".
Si bien la puerta estaba cerrada, pasamos apretados entre los barrotes. Subimos cuatro o cinco escalones, tal vez de cemento pero con almohadón vegetal y, perdidas entre pinos y guayacanes, aparecieron ante nuestros ojos las ruinas.
Recorrimos las antiguas habitaciones. El suelo estaba cubierto por un revoltijo de vegetación, cañabravas del techo, fragmentos de tejas, trozos de madera de las ventanas. Las tapias estaban mordidas por las dentelladas del tiempo... y del vandalismo.
"Aquí era el taller del artista", dijo Castaño, luego de dar vuelta a la casa. Vimos dos cuartos a medio caer, sin puertas -éstos, de ladrillos pegados con cemento y encalados; evidentemente una adición posterior a la construcción original-, en los que se veían cerros de moldes blancos, los más de ellos rotos e incompletos.
"Esa propiedad es un lío", nos contó minutos después Gabriel Arenas, un artesano que, según sus palabras, tiene algún grado de parentesco con el ilustre hijo de El Uvital nacido el 23 de octubre de 1919. En su estampa singular destaca una cara llena de pelos grises, cuyo bigote no se une con la barba.
Esa casa es un lío porque es propiedad de Margarita, una hija que vive en México, pero José Patricio, otro de los hijos, la tiene embargada. "De modo que habría que esperar que desenreden el embrollo para que la Administración Municipal pueda invertir". Tras saborear un cigarrillo recién encendido y mirar con descuido la luz del Sol que entraba por en medio de las guaduas de las paredes de su vivienda, añadió: "Carlos Mario Londoño, el Alcalde, conoce un proyecto que tengo hace años, que incluye desarrollo turístico, cultural, de capacitación en artes y artesanías y generación de empleo. Desde que se montó a la Alcaldía se comprometió a ayudarnos, pero le ha dado tanta lidia que está a punto de tirar la toalla".
A propósito, María Elena Quintero, la tercera esposa del maestro -la primera fue una mexicana dueña de un sonoro nombre: Celia Calderón de la Barca, con quien no tuvo hijos; la segunda, la mexicana Lidia Rosas Rodríguez, con quien tuvo tres hijos: José Patricio, Rita Virginia y Margarita, y la tercera, María Elena, con quien tuvo dos hijos: Elena María y Rodrigo José- añadió un enredo más al lío: "creo que José Patricio le vendió la deuda a un abogado". Dijo que desde la Fundación Arenas Betancourt, que ella preside, ha buscado comunicación con las dos puntas del litigio, pero no contestan. Sugirió que la Administración de Fredonia podría declarar la finca bien de interés cultural y buscar así la solución.
El alcalde de Fredonia, Carlos Mario Londoño Espinosa, dijo que no piensa tirar la toalla. Menos, cuando la reconstrucción de la casa y el desarrollo de un proyecto turístico y artesanal hacen parte de su plan de desarrollo.
El Alcalde, como si ya no fuera bastante, le agregó otro enredito al lío: "tengo entendido que ese abogado le vendió la deuda a otro". Y añadió que no sólo él está interesado en el tema: también el gobernador, Luis Alfredo Ramos Botero, le pregunta por el asunto cada vez que se encuentran.
Londoño Espinosa anunció que hay un proyecto de turismo, cultura, capacitación y empleo para los fredonitas. El Departamento "se comprometió a pavimentar esa vía secundaria". Existe la iniciativa de llevar a la casa, una vez la reconstruyan, réplicas de obras de Arenas, "un torso en yeso que se logró recuperar de esa casa, así como fotografías. Personas de la comunidad venderán artesanías, réplicas en miniatura de las obras del autor del Monumento a la raza, del Centro Administrativo La Alpujarra, de Medellín.
Le trasladamos al alcalde la idea de María Elena, de la posibilidad de declarar el inmueble Patrimonio o Bien de Interés Cultural y, por esta vía, expropiarla, y contestó: "estamos estudiando esa alternativa y parece que esa va a ser la solución". Fácilmente la declaran Patrimonio local, dijo, pero también buscan que sea declarada Patrimonio departamental y nacional, "para lo cual hay buena voluntad".
Solucionar ese embrollo jurídico es lo más difícil, porque ese terreno está avaluado por la lonja en 25 millones de pesos, contó el alcalde.
La casa de Tomás
La mejor esquina del parque de Santo Domingo, Bolívar con Girardot, es la de Tomás Carrasquilla. Es una casa blanca, de puertas y ventanas cafés. No es lujosa. Permanece cerrada. Nadie vive en ella, porque la compraron hace más de dos años, por el sesquicentenario del nacimiento del autor de Frutos de mi tierra. Municipio y Departamento pagaron 65 millones de pesos a Celina Echeverri y Gonzalo Castro, sus dueños desde 1960, por esa propiedad.
En 2008, el Ministerio adjudicó 200 millones de pesos para trabajos de restauración, a cargo de la Fundación Ferrocarril de Antioquia. Eso lo recuerda bien el letrero de curaduría que todavía está fijado en la fachada, por el lado de Bolívar: "Estudio Técnico y Proyecto de Restauración Casa de Tomás Carrasquilla". "Plazo: 6 meses". Pero lo que no advierte es que ésta era apenas la cuota inicial de un proyecto que vale 800 millones de pesos.
"La Gobernación ya nos aseguró 150 millones de pesos -dijo Gloria Astrid Parra Marín, secretaria de Planeación de Santo Domingo-, procedentes de la sobretasa a la telefonía celular y que desembolsarán en unos días". El resto, 450 millones, no se sabe de dónde saldrá.
Esos 200 millones se acabaron en los primeros seis meses del 2008. Alcanzaron para desmontar el tejado y poner en su lugar una sobrecubierta de zinc, con el fin de que los aguaceros no deshagan las tapias; así como para desempañetar paredes y dejar a la vista su estructura.
No se sabe si fue Celina u otro de los siete dueños anteriores, quien condenó una puerta que comunicaba la sala con el corredor, entre el portón y el contraportón. Apareció al desempañetar. Ese umbral fue sellado con tapia, de modo que no se sabía de su existencia. Lo que sí es claro es que Celina convirtió dos ventanas en puertas de entrada, para la cacharrería que ella atendió allí por mucho tiempo.
Mientras se define la suerte de la casa de Tomás, la Administración la aprovecha como bodega de materiales de obras del municipio: hay arrumes de ladrillos, tubos y "estufas eficientes" para las cocinas del campo.
"En esa fiesta del 2008, cuando vino la Ministra de Cultura, dijeron que pronto tendríamos casa museo -dijo Zahira, una dominicana joven que caminaba por las calles faldudas-. Esa vez pudimos entrar a conocer una o dos piezas, pero después no hemos podido volver a entrar". Y en la iglesia vacía y recién pintada, Alicia, una mujer octogenaria, rezaba otro rosario mirando a Santo Domingo, encumbrado en lo alto del altar. Suspendió para decirnos: "¿que si me gustaría entrar a la casa de Tomás Carrasquilla? ¿Por qué no?".
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