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LA ENTROPIA Y EL ALMA COLECTIVA

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16 de mayo de 2013
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Hace algunos días encontré entre los mensajes que cada día recibo (importantes unos, agresivos otros, algunos con la perversa intención de desinformar, pero la mayoría intrascendentes), un breve artículo escrito por Mario Vargas Llosa, que alaba el maravilloso y gran pasado de Argentina y Venezuela, para luego alarmarse con su angustioso presente.

Cabe la duda de si dichos párrafos hayan sido escritos por el premio Nobel, pero sirven para inducirnos a pensar en el contexto de nuestra realidad nacional.

¿No somos los colombianos también dignos merecedores de mejor suerte? ¿Existen factores comunes en Suramérica que explican nuestras desgracias? ¿Obedecen ellos a un determinismo biológico que hace a nuestros genes precondición de violencia y pobreza? O ¿será la violencia y pobreza resultado predecible de sistemas deficientemente estructurados?

Las respuestas correctas a estos interrogantes podrían resultar útiles para valorar la naturaleza del conflicto armado y las estrategias adecuadas para su efectiva solución.

Ellas podrían llevarnos a concluir, por ejemplo, que somos desgraciados por la Gracia de Dios, o que vivimos en un mundo en blanco y negro, en la dicotomía entre buenos y malos, en la que cada uno de nosotros nos consideramos el mejor, con derecho y la obligación de desaparecer a los contrarios.

Pero también podríamos concluir, por fortuna, que nos movemos en tonalidades de gris y que la disfuncionalidad de nuestros sistemas está originada en la forma como ellos están organizados. En las ciencias de la complejidad, dentro de las cuales se mueve la teoría del Caos, se acepta que "la perturbación de un sistema depende más de la forma como está organizado el sistema que de la fuente de la perturbación".

Adicionalmente, la historia nos enseña que las sociedades son sistemas nunca en equilibrio, siempre inestables y en permanente perturbación, producto de la entropía en nuestra cultura o psique colectiva. Lo anterior no descarta la posibilidad de llegar al orden a partir del caos. (Ilya Prigorine, físico-químico, Nobel 1977).

Apoyados en estos conceptos y libres de contaminación politiquera, podríamos preguntarnos si son las Farc la fuente de la perturbación dominante en el sistema llamado Colombia, cuáles las estructuras organizacionales del país que posibilitan a la fuente perturbar nuestro sistema y cuáles serían los cambios para evitar su acción.

Profundizar en el análisis de estas ideas podría permitirnos una nueva visión de nuestra realidad e incrementar la posibilidad de lograr acuerdos productivos en La Habana para el alma colectiva, nuestra sociedad.

Einstein nos enseñó que si queremos obtener resultados diferentes, no debemos seguir haciendo lo mismo. Por ello, después de medio siglo de conflicto armado y múltiples intentos de solución mediante el predominio de la acción coercitiva del Estado, es permisible visionar un nuevo centro de gravedad de las soluciones.

Los diálogos en La Habana son muy importantes, pero el alma colectiva no está allá, sino en nosotros, capaces de generar cambio y hacer que del caos surja el orden. De ahí la importancia de transformar la discusión polarizada, intransigente y egoísta por el debate de las ideas constructivas sobre nuestra entropía.

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