Ya en la víspera de la posesión de Obama como Presidente de Estados Unidos, sigo sintiendo el mismo alivio que sentí cuando ganó las elecciones. En mi condición de presunto ciudadano del mundo, libre de cualquier tipo de obamanía u obamafobia ridículas, intuyo que está a punto de inaugurarse una era de distensión. Es probable que el planeta entre en una etapa de tregua, si el carismático nuevo mandatario da la medida como protagonista histórico y hombre representativo de su país y su época y alcanza a influir de modo determinante en la geopolítica.
Hasta el momento, Obama se amoldaría al arquetipo del hombre representativo que en el Siglo Diecinueve definió Emerson: Vitalismo, carácter afirmativo, optimismo realista y espíritu de amplia comprensión de la complejísima condición humana, cualidades de un individuo llamado a cumplir tarea trascendental. Irradia seguridad, confianza y simpatía. Es un hombre jovial, distinto del señor Bush, a quien parece que ya empezó a llegarle por cuotas el veredicto condenatorio de la historia. Lo racial es secundario. Sólo deberían identificarse (con Victor Frankl) dos razas humanas: Los decentes y los indecentes.
Aunque es más cómodo ser historiador que profeta, no se necesita leer en una bola mágica para hacer pronósticos mínimos con base en tendencias detectables. Barak Obama tiene ante sí la inmensa oportunidad (y el mandato ineludible, además) de restablecer las bases éticas de la aproximación dialógica de los contrarios. Todo lo que de él se ha dicho y escrito apunta a cimentar esa expectativa. Entiendo que sus conciudadanos están hastiados del camorrismo presidencial y de que no se haya desaprovechado ocasión para alborotar cuanto avispero había en el mundo.
El politólogo Joseph Nye, decano de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Harvard, recomienda que el nuevo gobernante abandone la estrategia del miedo y pase a la de la esperanza. Se ha notado, como dice, un declive del poder blando, el soft power. El señor Bush, con su hard power, desempacó y volvió a blandir el gran garrote de hace un siglo.
Se ha advertido en larga discusión que las respuestas desproporcionadas a las provocaciones de los radicales pueden ser más dañinas que las acciones terroristas. Para Nye, conviene retomar el estilo adoptado por Estados Unidos cuando cayó el Muro de Berlín: La fuerza de las ideas, no la artillería, para ganar la Guerra Fría. Se espera de Obama un smart power (listo, pronto, sagaz, espabilado, despierto), dispuesto a las soluciones negociadas, pero sin dormirse. Lo esencial está en conjurar el miedo transnacional de esta época, fuente de mentira y de todas las demás perversiones. La humanidad, con los presuntos ciudadanos del mundo como yo, le agradecerá a Obama si abre la era universal del posmiedo.
Pico y Placa Medellín
viernes
3 y 4
3 y 4