¿Tiene usted algún adolescente cerca? ¿Le ha pasado, como a mí algunas veces, que si le pidieran una palabra para definirlo la primera que salta del diccionario es "intenso"? ¿Y si le piden asociar un sentimiento, "agobio" es la indicada? Por favor, se lo ruego, dígame que sí, que no soy la única y que confesarlo no me convierte en una bruja malvada. Nada de eso significa que los satanice. Incluso los admiro, me parecen decididos y muy valiosos, pero en ocasiones también siento que les cuesta mucho poner los pies sobre la tierra.
Son hiperactivos, acelerados y ansiosos, como si el mundo se fuera a acabar mañana y ellos tuvieran que probar de todo ya. Y todo lo ven muy fácil, como si expresar el deseo fuera suficiente para hacer realidad las docenas de sueños que tienen en mente, por ejemplo: Retomar el patinaje. Bien. Volver a estudiar inglés. Perfecto. Pero en Estados Unidos. Hay que esperar. Qué es esperar. Ir a un congreso en San Andrés. Es posible. Cambiar el celular. ¿Otra vez? Voy a comprar una moto. ¿Y el carro? Hay muchos tacos. No rotundo. Tengo que renovar el pasaporte. ¿Ya? Necesito un seminario de entrenamiento de transformación personal. ¿Y eso qué es? Quiero tirarme en parapente. ¿Para qué? Parapente. ¡Chanfle…
Con muchos etcéteras, esa puede ser una aproximación muy resumida de las "necesidades extralegales" de algunos adolescentes que tengo cerca, que sucedidas en cuestión de una o dos semanas, enferman a cualquiera y dejan convencidos a los papás de que quienes necesitaban urgente el seminario ese son ellos, para aprender a decir no, no y no muchas veces con una sonrisa y para recibir los contraargumentos con firmeza, templanza y serenidad. Pero resultó ser costosísimo, como los antojos de los muchachos.
Buscando información que me ayudara a entender el comportamiento de estos jóvenes que creen merecerlo todo, que no distinguen entre lo banal y lo importante y que tampoco tienen consideración con sus proveedores, encontré un estudio de Jean Twenge, profesora de psicología de la Universidad de San Diego (California) y autora del libro Generación Yo: Por qué los jóvenes son hoy más seguros de sí mismos, enérgicos e infelices que nunca.
Estos chicos nacieron entre 1980 y el año 2000. Son llamados generación Yo, por narcisistas y egocéntricos, o generación iPod o generación @ porque han crecido con el auge de las tecnologías. Al tener menos hermanos, los de la generación Ya no están acostumbrados a compartir ni a esperar turnos de atención en su familia. El hecho de ser la primera generación globalizada les ha dado una visión más abierta del mundo porque tienen acceso a mucha información y porque a sus intereses, a veces insaciables, no les ponen fronteras.
Ayudarles a aterrizar para que el contraste entre sus expectativas y el mundo real no les cree grandes niveles de depresión y ansiedad es una tarea ineludible, y con mayor razón en una cultura del dinero fácil como la nuestra, tan peligrosa para desviar proyectos de vida en dos segundos.
Nada que no pueda lograrse con "mano firme, corazón grande". No, no cambié de tema. Es solo un recurso que tomo prestado como una connotación de que con mucho amor, pero también con mucha autoridad, es posible lograrlo, pese a que ahora está de moda defender y hasta aplaudir el incumplimiento de la norma.
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