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La historia sencilla del hombre común

Una historia sencilla, el nuevo libro de la periodista Leila Guerriero.

  • La historia sencilla del hombre común | FOTO HERNÁN VANEGAS
    La historia sencilla del hombre común | FOTO HERNÁN VANEGAS
24 de noviembre de 2013
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La historia es de esas que se cuentan en las reuniones: imaginate que fulano se fue para un concurso, entrenó tanto tiempo y, bueno —el final de cada historia es distinto—, perdió, quedó de segundo pero ya se está preparando para dentro de un año, a ver si lo logra; o: y ganó, increíble, lo debiste ver, no te imaginás cómo cantó, cómo bailó, cómo hizo mil volteretas antes de caer en la lona. Qué sé. Es de esas historias que todos quieren escuchar, que pasa de oído en oído, pero en las que pocos se atreven. Es, como dice el título, Una historia sencilla. La historia sencilla de un hombre común.

Leila Guerriero —periodista argentina que se ha ocupado de retratar a personajes como Sara Facio, Pedro Henríquez Ureña, Roberto Arlt e Idea Vilariño; periodista argentina que ha escrito temas tan distantes como la historia de un mago manco, una mujer bonachona que envenenó a sus amigas con gotas de cianuro por las que murieron amoratadas, asfixiadas y llorando; la de un gigante que pasó de un pueblo rojo de la Argentina a la NBA y de la NBA a la lucha libre y de la lucha libre al olvido más terrible: el que viene después de la fama, de lo que pudo ser—, Leila Guerriero, digo, toma la vida de Rodolfo González Alcántara y hace de ella una novela de no ficción; hace de un bailarín de malambo, el baile más asesino del folclor argentino, un Atila, un hombre que por su sueño se inmola las veces necesarias; un hombre bueno, un hombre común que dice gracias a Dios como la verdad y por todo: por su pobreza, por su lucha, por su sueño. Hace y no, porque ella está ahí para contar lo que Rodolfo es: un Atila —uno de tantos— gaucho.

Todo empezó cuando Leila vio en el suplemento de espectáculos del diario La Nación un artículo llamado Los atletas del folklore ya están listos, y en el que se hablaba de los bailarines de malambo como héroes deportivos de la antigua Grecia. El concurso —secretísimo pese a ser el más prestigioso, a celebrarse desde 1966— era —es— en Laborde, un pueblo de la pampa argentina que nadie, ninguno de los conocidos de la periodista conocía, y entonces Leila viajó en enero de 2011 para conocer, para darse cuenta, para hacer una crónica del malambo, de la competencia más argentina de las competencias, y que no saca un ganador sino un campeón, como si de toros se tratara, reflexiona Leila. Viajó para eso, pero en la tarima, cuando era de madrugada, se encontró a Rodolfo González Alcántara, un rugido, un hombre que allá arriba bailando parecía de dos metros y abajo no pasaba el metro y medio, y cambió todo: la crónica terminó en un libro.

Con una prosa engañosamente sencilla, como quien planea la espontaneidad, Leila cuenta cómo Rodolfo después de ser subcampeón en Laborde se dedica un año completo a ser el mejor; entrena y entrena para ser el campeón y luego no volver a bailar —en Laborde el campeón asume un acuerdo tácito de nunca más presentarse a otro concurso de malambo—. Durante la narración, además de contar el cómo, el qué, el cuándo, Leila se pregunta sobre su trabajo: hasta dónde llega su necesidad de observación, qué pasa si Rodolfo, después de un año, no sale campeón, qué hay de ella y su historia.

Una historia sencilla, editado por Anagrama, fue un secreto que Leila mantuvo con Diego, su marido y fotógrafo del trabajo. No le dijo a ningún editor, empacó y viajó. Durante tres años siguió a Rodolfo, dudó y Diego le decía no, no dudés, podrás, todo saldrá, y por eso la dedicación en el libro al que siempre supo. En enero de este año Leila se sentó a escribir, después de ver por tres años cada enero lo mismo: hombres que se inmolaban en un escenario, que zapateaban para nunca más hacerlo en competencia. Se sentó a escribir y se dijo es un libro. Después de pasarlo a dos personas en las que confía en España —Leila es asidua colaboradora en El País de España—, le escribió el mismo Jorge Herrald e, director de Anagrama, donde le citaba pedazos del libro y le dijo quiero publicarlo.

Para terminar, las palabras de Leila.

—¿Por qué leer el libro?

—Porque es la épica del hombre común

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