Era 1909. Nueve hombres lo habían recibido ya. Ninguna mujer. Selma Lagerlof era la primera Nobel de Literatura de la historia. Pasaron pocos años para eso, desde 1901, cuando la Academia Sueca lo entregó por primera vez. Solo que después de 112 años y 110 escritores, 14 son mujeres. Alice Munro, la reciente Nobel, utilizó la palabra atroz. “¿Puede ser posible, realmente?”. Son muy pocas mujeres, para tantos años.
La pregunta sobre las mujeres en la literatura es casi, en sí misma, literaria. Los tiempos han cambiado, de todas maneras. En el siglo XIX, por ejemplo, “ser escritora era, según el imaginario de la época, transgredir una ley natural. La mujer que se diera a la tarea de probar la pluma era señalada como una especie de criatura deforme”, escribió la profesora Cristina E. Valcke en 2005, en un ensayo sobre Dolores, la novela de Soledad Acosta, una de esas criaturas que, como la mayoría de escritoras, utilizó seudónimos, muchos masculinos, para encubrir el hecho de ser mujer.
Soledad fue una de esas criaturas que, como la mayoría de escritoras utilizó seudónimos, muchos masculinos, para encubrir el hecho de ser mujer. Cuando en la América del siglo XIX una mujer escribía estaba auto construyéndose y auto determinándose, pues “el mundo literario pertenecía –continúa Valcke– por entero a los hombres, entre otras cosas, porque el acto creador se asociaba con la virilidad”. Ellas, entonces, entraron a cuestionar ese rol enmarcado en la intimidad del hogar y se esbozaron como sujetos públicos que podían crear y tener conocimientos, pero aunque la consciencia social e intelectual de estas mujeres se hizo notoria, continuaban fuertemente subyugadas a las relaciones de poder.
Dolores es la novela más conocida de Soledad. Lo que publicó lo hizo gracias al apoyo de su esposo, el también escritor José María Samper, que la apoyó, que quiso que fuera publicada, porque consideraba que su obra podía contribuir a la literatura de la joven república. Sin su aval, hubiese sido muy difícil.
Las escritoras del siglo XIX lograron un precedente literario en el que cuestionaban el rol que se les daba como mujeres. Precedente que, pese a su ser revolucionario y ejercicio de escritura, equiparable al masculino, sus obras han desaparecido del canon. Pocos se acuerdan de Soledad. Su labor intelectual ha desaparecido, casi por completo, de la tradición literaria colombiana. Aunque el Ministerio de Cultura haya declarado este año como el de la escritora.
Alice, que tiene 82 años, cuenta una historia parecida en su juventud, a principios y mediados del siglo XX. En una entrevista al New Yorker contó que “era la sociedad la que consideraba a las mujeres negligentes por hacer algo tan extravagante como escribir, aunque encontré a muchas amigas que leían en secreto y nos lo pasábamos muy bien”. Para ella, las mujeres tienen una gran necesidad de contarse historias. “Las mujeres necesitan –dijo en otra entrevista publicada en La Nación de Argentina- interpretar la vida verbalmente. Mientras que muchos hombres que conozco, o que alguna vez conocí, no tenían esa necesidad, sino que más bien prefieren seguir adelante y lidiar con lo que haya que lidiar sin preguntarse nada demasiado”.
Preguntas sin respuesta
Algo ha cambiado desde esas épocas. Las mujeres que escriben ahora no son bichos extraños. No hay que esconderse en seudónimos. J.K. Rowling, la autora de Harry Potter, es una de las más vendidas en el mundo. Utilizó un seudónimo para su última novela, no para esconder su ser mujer, tanto como su fama.
Las cuentas, no obstante, parecen desiguales. No son tantas escritoras las que publican. No son tantas las mujeres, aunque se inviten, las invitadas a las ferias.
“Creo que este es un tema más de sensibilidades y miradas que de género. Las diferencias entre la literatura que hacen las mujeres y las que hacen los hombres es la misma que puede haber entre la literatura que hacen los chinos y la que hacen los argentinos. Tiene que ver con las experiencias y los puntos de vista, con las inquietudes y las supuestas certezas, y evidentemente entre hombres y mujeres estos aspectos tienen ciertas diferencias, pero no significa que esto no exima a unos u otros de interesarnos por esa otra mirada. Yo sería partidaria de no marcar demasiado esas diferencias”, explica Carolina López, editora de Alfaguara.
La pregunta es interesante, coinciden algunos expertos, y tiene diferentes posibilidades. Para Lucía Donadío, editora de Sílaba Editores, todavía hay cierta discriminación, sin embargo, plantea si también es algo que tiene que ver con las mismas mujeres y su forma de ser y, pese a que cree que la literatura es literatura y ya, independientemente de si la hacen las mujeres o los hombres, la diferencia se siente. Basta mirar los eventos literarios, donde la mayoría son hombres. “Uno sí se pregunta por qué y eso aplica también para las publicaciones”.
Para el porqué, Paula Dejanón, directora de Estudios Literarios de UPB, cuenta que las mujeres, a veces, se toman más tiempo para pensar si vale la pena. “Hay muchas escritoras que todavía no han publicado, que están ahí, pero nadie las conoce. “Hay que tener un poco de paciencia. Somos un poco más lentas, en el buen sentido. Terminamos un libro y corregimos y corregimos”.
Tal vez son las mismas mujeres las que no proponen. Tal vez es tiempo. La pregunta, todavía, sigue sin responderse. No hay un estudio que lo compruebe. Está la vida diaria: “Las condiciones de publicación -precisa la editora de Alfaguara- son exactamente iguales, pero infortunadamente no recibimos tantas propuestas de publicación de mujeres, como de hombres”.
Paula señala, de todas maneras, que todavía hay un camino que recorrer en términos de reconocimiento de la diferencia, pero también implica quitar ese carácter de marginalidad. “Es buscar ser iguales y al final que se nos reconozca por quiénes somos”.
El tema no es de calidad. La lista de nombres de escritoras fantásticas es larga. Marguerite Yourcenar. Alice Munro. Virgina Wolf. Alejandra Pizarnik. Emily Dickinson. Gabriela Mistral. Simone de Beauvoir. Colombianas también hay. Meira del Mar. Fanny Buitrago. Piedad Bonnett. María Mercedes Carranza. La lista es más larga.
El escritor Juan David Correa, quien ha trabajado en la Feria del Libro de Bogotá, comenta que siempre invitan mujeres, pero no se imponen una cuota femenina. “Nosotros intentamos tener, pero evidentemente está la calidad”. Él precisa que “el mundo editorial no es un mundo distinto al mismo mundo, donde persiste cierta mirada discriminatoria”. Pese a ello, no le parece que un autor se inscriba en un solo territorio o género. La literatura es, precisamente, esa posibilidad que se tiene de ser muchas personas y tener muchas personalidades y sensibilidades. Hay mujeres que escriben como hombres y al revés.
“Hay mujeres que son grandísimas escritoras y así como el debate es importante, sí hay que aclarar que la literatura trasciende la mirada del sexo. Está atravesada por eso, pero también por otras cosas más”.
Las coincidencias van dando privilegios al valor estético, por encima de lo femenino o lo masculino. Poder leer una obra literaria por su valor, más que por su autor. Solo que en el mundo, inevitable, siguen mirándose los nombres. No es lo mismo un alguien, hombre o mujer, con la N de Nobel que sin ella. Basta un ejemplo. Desde que Alice Munro lo es, en Colombia, sus libros no se van de los diez más vendidos, según la lista de la Librería Nacional.
Preguntas para no responder, por ahora, pero necesarias para saber que los tiempos han cambiado y, pese a ello, en la literatura, las mujeres son menos.