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La mala educación

07 de febrero de 2010
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A pesar de los pesares, este país no es ajeno a la vida democrática, así la democracia nuestra sea incompleta y adolescente. Hay libertad de crítica a los actos y omisiones, aciertos y errores del gobernante. A veces esa libertad se desborda y degenera en verbosidad agresiva, discurso pasional e intemperante, como creo que sucedió en una universidad de Bogotá, donde a varios de los directivos y profesores ponentes se les olvidó que hablaban ante sus colegas y alumnos a quienes deben enseñar también con el ejemplo y que tenían a su lado a un interlocutor que, gustárales o no, era el Presidente de la República.

Todo puede decirse con dignidad. Discordar es un derecho y un deber de cada individuo como ciudadano. Disentir no debe asustar a nadie. Decirle al gobernante que no se comparten sus determinaciones es un acto de lealtad cívica. Más todavía, controvertir es un verbo esencial en el ámbito universitario, donde hay que mantener las opiniones en discusión. Bien lo expresa el antiguo lema grabado en la Universidad de Antioquia: "No comparto sus ideas, pero daría la vida por su derecho a defenderlas".

Sin embargo, lo sabemos quienes vivimos en el entorno académico, la dialéctica debe respaldarse en la retórica y esta comporta el buen decir, la elegancia en la expresión, la ponderación y el tono respetuoso, que salvaguardan la integridad y la fuerza de convicción de los propios argumentos y hacen posible el diálogo civilizado y la síntesis razonable a partir del reconocimiento de las diferencias.

La grosería del que no habla sino que grita (como se le oía a una de las profesoras en el pánel con el primer mandatario) es insultante. Impide el desarrollo de un debate inteligente, bloquea los espacios que deberían ser propicios a la cultura de la discordancia e invalida, deslegitima, al participante que se aparta de unas condiciones éticas y estéticas mínimas para que la acción comunicativa tienda a la comprensión pacífica y no a la confrontación estéril, a la identificación de puntos de acuerdo y no al agravamiento de la discordia.

Claro que las universidades deben ser abiertas al diálogo y la polémica. El jueves presencié en Medellín una conferencia de Petro, candidato del Polo, ante muchos universitarios que en buena parte podían discordar de sus puntos de vista, pero que durante las dos horas fueron respetuosos y ecuánimes. En contraste está el ejemplo que dieron en la Tadeo varios directivos y profesores, por el modo sectario y pendenciero que usaron al cuestionar al Presidente. Ojalá en la campaña electoral los ciudadanos rehúsen ponerse al ritmo de la moda demagógica de mala educación y pésimas maneras de algunos formadores "de generaciones nuevas, desprovistas de sectarismo, fanatismo y odio".

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