Vigésimo primer domingo ordinario
"Dijo Jesús: esforzaos por entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán". San Lucas, cap.13.
Señor gerente, doctora, ilustre diputado, capitán, monseñor, reverenda madre, maestro... Tengamos en cuenta que los títulos son, al fin y al cabo, unas sílabas más para el epitafio, como decía Clemente XIV.
Los amigos de Cristo no podemos vivir de solas apariencias. La matrícula en un grupo apostólico, la etiqueta de una obra social, el pertenecer a determinado sector de la Iglesia, el haber conocido alguna vez al Señor, o el llamarlo a gritos en la última hora, no bastan para entrar en su casa.
Para ser su amigo hay que vivir a profundidad el evangelio. Un día se nos examinará de los hechos, no tanto de los planes. Valdrán entonces las actitudes y poco las buenas intenciones. Contarán nuestro amor a Dios y al prójimo, y casi nada nuestras hermosas ideas y nuestras bonitas palabras.
" La Puerta Estrecha " es una novela de André Gide. Alissa, la protagonista, aleja dolorosamente a Jerome en aras de su incapacidad para conciliar el amor de Dios con el noviazgo. El autor concluye que no podemos franquear de dos en dos la puerta de los Cielos. Pero Gide no tenía razón. Por la puerta del cielo podremos entrar de la mano con todos los que amamos.
Es estrecha la puerta porque no caben por ella nuestros egoísmos, tantas cosas inútiles con que nos hemos rodeado, y el aparato de nuestra solemnidad y suficiencia.
Para entrar nos toca volvernos pequeños, reducirnos a la dimensión de lo que somos, pero con el gozo de ser plenamente nosotros mismos.
Imaginemos la alegría del sol cuando se vuelve pequeño, pero a la vez radiante y voraz, en el rayo de luz que recoge con avaricia una lente convexa. Imaginemos el triunfo del copo de algodón que se cambió en madeja y luego en cordel muy fino y resistente para la reciedumbre del velamen y la asechanza de la red.
La del cielo es una puerta estrecha. Porque esta vida de la tierra se encarga de despojarnos cada día. Primero quedan atrás los sueños, se diluyen enseguida las ilusiones, muchos gloriosos proyectos se desvanecen en la nada, se tronchan de improviso las mejores amistades.
Lo que llamamos ciencia se resume en un convencimiento de nuestra incapacidad de entender. Los deseos de comunión interpersonal se rebajan a un poco de sed y a un miedo inconfesable de soledad.
Entonces todo el universo nos cabe en el cuenco de la mano, entre el espacio reducido del propio corazón.
Y así podemos caminar mejor hacia Dios: despojados de todo, menos de un ansia inmensa de conocerlo y de un deseo inocente de sentirnos sus hijos.
(Publicado el 24 de agosto de 1980)
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