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Lágrimas y recuerdos en E.U.

HACE DIEZ AÑOS la muerte cayó del cielo para casi 3.000 personas en E.U. Ayer, sus familiares las invocaron a través de sus nombres.

11 de septiembre de 2011
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En la Zona Cero, la madrugada de ayer, cuando el cielo pintaba cenizo, como aquella terrible mañana de martes, se dio inicio a los homenajes por el décimo aniversario de los ataques del 11-S.

Intentando alejar los fantasmas de un cementerio enclavado en el corazón de la Gran Manzana, este lugar vecino, dos bloques, de Wall Street, con dos nuevas torres, aún sin terminar y que remplazarán a las caídas, revivió las dantescas escenas y lloró más temprano que aquella ocasión de 2001.

Al fondo, una multitud se aglomeró en busca de traspasar el férreo dispositivo de seguridad para ser testigos de primera mano del acto. Perdieron el tiempo y el esfuerzo porque carecían del tiquete de invitación. Quienes llegaron a eso de las 5:00 de la mañana pudieron acercarse unos metros.

Por el lugar donde ya es común ver a la gente tomarse fotos, hacer una oración y depositar algo -un escrito, lo más simple-, deambularon las personas, vigiladas por policías vestidos de azul oscuro, bien armados y atentos. Allí es el altar de la ofrenda y la recordación.

La mayoría, en cambio, estuvo en el sitio de los actos oficiales, recorriendo la piscina que se dio al servicio este día y que contiene, en su orilla, los nombres de todas las personas muertas.

Otras pasaron sin afán, cruzaron las vías con paso lento y se agarraron de las mallas tratando de observar lo que pasaba adentro.

El ambiente estuvo cargado de una profunda tristeza. Se escuchaba con claridad Sound of Silence (Los sonidos del silencio) -interpretado por el cantante Paul Simon- que, para el instante, erizó la piel y arrugó el alma. Muchas emociones en un solo instante.

El llanto se hizo presente. Inevitable en una jornada de recordación de 2.973 personas, quienes perdieron la vida producto de los tres atentados criminales de aquel 11 de septiembre.

Una placa roja de la Marina; un globo con la bandera estadounidense y la marquilla In memory of 77 Michael Canley, never forgotten (nunca te olvidaremos); una veladora con la foto de uno de los fallecidos; un manuscrito en español ("que brille la luz eterna en la oscuridad"); una pintura al óleo -de 36x36 centímetros-, del campeón canadiense de karate-do Rock Defayette que reflejaba un río de personas saliendo de las torres a medida que éstas les caían encima.

Son testimonios vivos de "un mundo que no olvida, a pesar de que Bin Laden -autor intelectual- no exista", como dijo Margaret Muñoz, ciudadana americana de ascendencia mexicana, mientras repasaba el frontón en bronce Dedicated to those who fell and to those who carry on (Dedicado a quienes cayeron y a quienes continuamos adelante).

"Siempre estarás en nuestros corazones", reza otra de las frases dejadas en un papel doblado que contiene una foto, en la que se ve papá, mamá y niño, y que cierra con "eres nuestro héroe, nuestro guardián y nuestro ángel".

No olvidaremos
El día de la conmemoración, que empezó el viernes con el cierre de la zona y el gigantesco dispositivo de seguridad de la Policía, y en el que el presidente Obama y el exprimer mandatario George Bush honraron la memoria de los fallecidos, fue todo una tortura emocional en la que guardar las lágrimas era una misión imposible. Estas brotaron una y otra vez. Los ojos rojos y los rostros compungidos de los miles de presentes así lo certificaba.

Desde el homenaje a la bandera, interpretado por el Coro de los jóvenes de Brooklyn, que retumbó a través de altoparlantes y pantallas gigantes en toda la explanada del lugar de seis kilómetros cuadrados que se reconstruye, hasta cada frase que, con voz quebrada, pronunciaban los familiares de las víctimas, tuvo el acompañamiento del llanto.

Los sollozos se escuchaban, los abrazos se veían y el silencio imperó durante las más de cinco horas que duró el acto principal de la ceremonia: la lectura de los nombres.

Cada uno de los seis minutos de silencio (8:46, 9:03, 9:37, 9:59, 10:03, 10:28) fueron acompañados por campanazos que, a lo lejos, se escuchaban salidos de la St. Peter Church (iglesia de San Pedro). Y aunque hubo aplausos, este fue otro día terrible, sin felicidad. Todos lloraron en una especie de catarsis colectiva. Unos porque tenían un taco en la garganta. Otros, porque sentían como propio el dolor ajeno.

Por momentos ese sentimiento se hizo más intenso y se pudo "sentir" un silencio profundo, como cuando habló Peter Negron, el chico que tenía 11 años el día que su padre murió mientras laboraba en el piso 88 de la torre norte.

"No ha pasado un solo día en nuestras vidas sin que te recuerde", le hizo tal confesión a su padre. "Hoy intento transmitirle todas las lecciones que me enseñaste a mi hermanito. Ya estoy listo para convertirme en un forense científico". Y luego remató, dirigiéndose ahora al público: "espero que mi padre esté orgulloso de los dos jóvenes hombres en que nos hemos convertido mi hermano y yo? Te echo mucho de menos, papá" y rompió a llorar, como todos los que seguían su pequeño discurso.

Al final de la tarde, la tapa circundante de la piscina, donde permanecerán eternamente los nombres de los inmolados, estaba llena de banderitas, flores, gorras. El desfile de gente seguía como cuando se acude a un funeral, en silencio, con la cabeza gacha y sin poder esconder en sus rostros ese sentimiento de pesar por el recuerdo vivo. Su memoria no se borrará.

I will remember you, I will remember you, I will remember you (yo te recordaré) entonaron, al final, los jóvenes del coro de Brooklyn, antes de escuchar el sonido de trompeta que acabó por arrugar mucho más el alma.

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