El jueves pasado tuvo lugar en Medellín un funeral que, según palabras de un patrullero de la Policía, testigo de los hechos, era traído de la película Rosario Tijeras. Desde tres buses que fueron contratados para seguir el cortejo fúnebre de dos muchachos, salían disparos al aire como en las épocas más extravagantes de los carteles de la droga.
Era el entierro de Wálter Alexis Arias, de 22 años de edad, y el de su amigo Milton Elier San Martín Arias, también de 22, muertos a bala en el barrio El Pedregal. Uno de ellos recibió 11 disparos dentro del Renault 9 en el que viajaba.
José Gregorio Henríquez, antropólogo experto en duelos, asegura que con el recrudecimiento de las muertes violentas se ha vuelto a las caravanas, a los desmanes, dado que las víctimas, en su mayoría, son de nuevo los jóvenes.
"Es -opina- el resurgir de algo que estaba calmado".
Según Adolfo Reyes, gerente de Coorserpark, una reconocida casa de servicios funerarios, hay casos en los que, para proteger a las familias, los agentes funerarios se ven en la obligación de reforzar la vigilancia incluso en las salas de velación.
La caravana de Wálter y Milton partió de la calle 101, entre carreras 76 y 70. Unas 20 motos acompañaron los dos féretros y los hicieron pasar por la cancha Maracaná, en Castilla. Taponaron tres semáforos en su recorrido por la carrera 65, según el testimonio de un uniformado.
La procesión causó tanto temor entre los vecinos, que se requirió la presencia de un camión con 12 agentes, cinco motorizados y otras tres patrullas de San Javier, barrio donde queda el cementerio al que se dirigía la caravana fúnebre.
Allá se abrió el baúl de un Mazda coupé gris y comenzó a salir la voz de Darío Gómez, el Rey del Despecho, a todo taco. Las autoridades no entraron al camposanto, pero vigilaron desde afuera la resurrección de una época de luto estridente que parecía olvidada.
En Medellín se han presentado sepelios aun más salidos de la realidad. Jorge Montoya Carrasquilla, director Científico de la Unidad de Duelo de la Funeraria San Vicente, recuerda haber escuchado, así como en La Iliada de Homero, de plañideras o señoras que contratan para que lloren como magdalenas. Hay registro de mujeres a las que llaman "armapeleas", que le agregan un aire calamitoso al entierro.
Desde hace muchos años no se escuchaban disparos al aire en un cementerio. El antecedente más cercano lo puso la mítica banda de "Los Triana" cuando murió alias "Chichón" a causa de una enfermedad.
Era 22 de julio. Los habitantes de una vasta zona del Nororiente de Medellín recuerdan que ese día el comercio fue constreñido, en señal de duelo, y los negocios cerraron las puertas. El entonces secretario de Gobierno de Medellín, Jesús María Ramírez, entendió el hecho como un desafío al Estado.
Sepelio de un asesinado
Pero no todos los funerales son tan pomposos. En la lista de servicios exequiales del día aparece, en el turno número 12, el nombre de Óscar Albeiro Acevedo Rúa.
"Masculino, 28 años, arma de fuego", dice la planilla.
Es uno de los ocho homicidios cometidos en Medellín la madrugada del pasado 8 de noviembre, según reporte de la Policía Metropolitana.
Al otro lado de la línea se escucha la voz de doña Olga. Es un saludo sobrio, de alguien que no parece estar llorando. Tal vez porque han pasado tres días desde que su hijo no regresó de una noche de copas.
Por tratarse de una muerte violenta, los impedimentos legales no permitirán cumplirle a Óscar Albeiro su última voluntad: ser cremado.
"Sentado en la sala de la casa se ponía a conversar conmigo. Me decía: 'mamá, si me llego a morir no me vaya a velar. Me creman, me llevan a la iglesia y derechito para el cementerio'".
Doña Olga dice que Óscar Albeiro era un muchacho solo, callado. Su muerte no la tomó por sorpresa.
"De todos modos, el hijo mío era muy loco, no quería la vida. Me duele mucho también por las otras dos familias que están pasando por la misma, sobre todo la de Sergio, él era contador público".
Se refiere a Fabián Alberto Ortiz, de 29 años, un muchacho en silla de ruedas, y Sergio Esteban Bedoya Gutiérrez, de 28. Ambos, junto con Óscar Albeiro, fueron víctimas del mismo atentado que, según el informe policial, se presentó a la 2:20 de la madrugada en una esquina de Belén Las Mercedes.
Estamos en la iglesia Santo Cura de Ars, de Belén. Es un sepelio parco y de pocas lágrimas. Doña Olga está más preocupada por los dos niños, de 18 meses y dos años de edad que dejó Óscar, a quien, a paso lento, llevan a la tumba que le consiguieron en el Cementerio de Belén.
Maritza*, la novia, tiene su teléfono celular en alta voz, con canciones de reggaetón que le arrancaban suspiros a Óscar Albeiro. Doña Olga lleva en la mano, apretujada con toda su fuerza, la única foto que su hijo dejó que le tomaran en vida, la de la cédula.
Uno de los sepultureros advierte que últimamente son pocos los hechos que les roban paz a los difuntos. Solo en 2002 ocurrió un suceso propio de la extravagancia de las bandas urbanas. Un joven que visitaba una tumba fue acribillado dentro del cementerio por hombres que venían a enterrar a otro, al parecer de la banda enemiga. Con las tumbas como escenario, se hizo el levantamiento del cadáver.
Nadie parece querer saber nada de los autores del crimen de Óscar Albeiro. Según algunos testigos, cuatro hombres que se bajaron de un vehículo blanco abrieron fuego contra quienes estaban en la esquina. El pecado de Sergio, el contador público, fue estar sentado en la mitad del andén, hasta donde llegó la bala perdida que se le incrustó en la sien.
Dicen que les habían advertido que no se "parcharan" en ese lugar pasadas las 10 de la noche. Pero como sucedía en el tiempo en que rondaba el fantasma de la patrulla de Seguridad y Control, al parecer pagada por Pablo Escobar, se cumplió la amenaza. Tras el ataque, Óscar Albeiro quedó vivo.
"Lo llevamos a la Unidad Intermedia de Belén, donde le tomaron una radiografía de cráneo. Lo remitieron al Hospital San Vicente. A las 6:30 de la mañana del domingo los médicos lo llevaron a cirugía, pero a eso de las 5:30 le decretaron muerte cerebral", recuerda un hermano.
La tumba de Óscar Albeiro, nacido el 16 de noviembre de 1981, indica el sepulturero, es la tercera de abajo para arriba. Maritza sabe que debe abandonar el barrio por miedo a correr con la misma suerte.
De la nada, aparece un espontáneo parcerito de Óscar. Se empina y da tres golpes al cajón. "Hasta luego mi niño, Dios me lo bendiga", grita en medio del pasillo donde solo se escucha sonar un reggaetón.
*Nombre cambiado por seguridad de la fuente
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