Soy un colombiano más de los que a su generación no le ha tocado vivir ni un sólo día de paz. Un colombiano de los que ya está cansado de tener que vivir en un país con tantas riquezas y oportunidades, pero tan agobiado por una absurda amenaza que se instaló con largas y gruesas raíces en este hermoso territorio.
En Colombia albergamos al grupo terrorista más antiguo del planeta. El que se autodenomina "ejército del pueblo". Sinceramente, yo soy del pueblo, y no me siento representado por éste.
Hemos permitido por varias décadas que jueguen con nuestro destino, sin hacer reparo alguno, o por lo menos no uno constante y contundente. Hemos dejado que sus legitimadores, voceros, mensajero y auspiciadores tengan una voz más fuerte que la de todo el pueblo colombiano. Estos idiotas útiles del terrorismo nos imponen eufemismos, los cuales nosotros repetimos sin darnos cuenta que ese lenguaje les deja el camino arado para alcanzar sus oscuros objetivos. Nos venden la idea (y en el exterior lo hacen con más ganas) que aquí hay un conflicto armado, que hay un Estado opresor, que hay unos rebeldes guerrilleros que luchan por los intereses del pueblo, que en su poder hay retenidos y prisioneros de guerra, etc.
¡Las cosas como son! Usted y yo sabemos que eso no es así. Aquí ya no hay guerrilla. Las guerrillas son inspiradas en románticas ideologías de corte socialista y en una lucha contrainsurgente. En Colombia no hay políticas estatales represivas, por lo tanto esto no tiene fundamento alguno. Lo que hay aquí, es un grupo narcoterrorista que lo único que persigue es un lucrativo negocio, el de la droga. Aquí, no hay conflicto armado; lo que hay es una amenaza terrorista auspiciada por el narcotráfico, la cual el Estado debe enfrentar con sus Fuerzas Armadas, y lo hace siguiendo todos los protocolos que exigen las convenciones internacionales. Estos terroristas no tienen ni retenidos ni prisioneros de guerra; tienen seres humanos vilmente secuestrados y torturados.
Los que hacen apología al terrorismo, que son igual de delincuentes a los mismos terroristas, nos han presentando a los colombianos desde hace muchos años una absurda obra de teatro, donde hacen jugar al enemigo el papel del niño bueno y desahuciado, pero detrás del telón, ese "niño bueno" comete todos los delitos propios del verdadero negocio al cual se dedica. Eso se llama compinchería y debe castigarse.
Entonces, después de casi una década de Seguridad Democrática, en donde el balón ahora está en nuestras manos y somos los colombianos en representación del Estado y con la ayuda de nuestras exitosas Fuerzas Armadas, quienes ahora imponemos las condiciones, ¿vamos a permitir que un grupo de 6.000 narcoterroristas y unos cuantos auspiciadores de sus artimañas que andan por ahí posando ante la comunidad internacional de pacificadores y paralelamente juegan con el dolor de las víctimas, sean quienes decidan el destino de más de 45 millones de colombianos, que sí queremos realmente la paz?
Ya nos dimos cuenta de que con el enemigo no hay posibilidad de diálogo. No existe una voluntad real. ¿O acaso conocen ustedes un delincuente con buenas intenciones? Ese ambiente de negociación que nos han vendido es una clara dilatación para ellos continuar con sus fechorías. ¿Ustedes creen que van a dejar el negocio del narcotráfico en una mesa de negociación? La paz no se debe negociar con ellos; se les debe imponer. ¡Apoyemos a nuestras Fuerzas Armadas!
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