Decimocuarto domingo ordinario
"Designó el Señor otros setenta y dos discípulos y los envió de dos en dos a todos los pueblos a donde pensaba ir él". San Lucas, cap.10.
Hay un libro atribuido a san Dionisio Areopagita, que nos habla de los nombres de Dios. Nosotros pudiéramos escribir otro, muy extenso y hermoso, que contara sus costumbres.
Dios se ha manifestado en la historia de un modo constante: Siempre leal, amigo de hacer alianzas, discreto y paciente, buen pedagogo y capaz de llevar a cabo sus planes, a pesar de las fallas de los hombres.
Él desea que imitemos sus costumbres. La Historia de la Salvación es un largo recuento de los métodos que ha usado el Señor, para que nos parezcamos a Él.
El Maestro presenta una serie de consejos para quienes desean imitarlo. Nos dice que vayamos de dos en dos. Así enviaba a sus primeros discípulos y así nos envía a nosotros: unidos por el amor de la familia, por el amor del noviazgo, por los lazos de la amistad.
Desea que no cifremos la eficacia de nuestro trabajo solamente en recursos humanos. Por eso envía a sus discípulos sin alforja ni sandalias. Tenemos con nosotros otra fuerza superior que cambia los corazones y transforma el mundo: la de su verdad y su amor. Quiere que seamos mensajeros de la paz. Los medios violentos no son de su estilo.
Si nos aceptan en algún lugar, demorémonos allí, explicando su doctrina, dando y recibiendo, que ambas cosas son necesarias al amor verdadero. Si no nos aceptan, sacudamos el polvo de los pies. Nuestro esfuerzo por anunciar el Reino de Dios no quedará sin recompensa.
A veces nos sucederán cosas extrañas. No serán fruto de nuestro poder convincente, ni de nuestras virtudes. Es el misterio del Señor que se sirve de nosotros para realizar "cosas grandes y maravillosas". Démosle gracias con sencillez. En seguida volveremos a sentir el peso ordinario de la vida. Al fin y al cabo estamos hechos de barro.
El Señor quiere que así vivamos sus amigos, imitando cada día sus costumbres. Algunos, muy sabios y entendidos, podrán copiar a Dios más claramente. Nosotros apenas sí seremos imágenes borrosas. Pero unos y otros procuramos agradarle.
Tiene Dios otra costumbre. Vuelve a abrir cada tarde el Libro de la Vida y escribe lentamente, con letra hermosa y legible, las acciones grandes y pequeñas de sus hijos.
Y Él mismo nos enseña que estar allí inscritos, vale más que realizar todas las maravillas del universo.
(Publicado el 6 de julio de 1980).
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