En país de carnicería, están frente a frente paz y guerra. La paz tiene bando mayoritario, pero la guerra suena más, difunde fascinación, ofrece lucro. Luego de la más reciente batalla de sesenta años, no hay generación patriota que recuerde caminos sin truenos. Viejos y jóvenes están curtidos de tiros, traición, tráfico, gallinazos navegantes sobre blandas canoas infladas.
En 1932, luego de sobrevivir a una casi muerte en la Primera Guerra Mundial, el soldado francés Louis Ferdinand Céline publicó su novela autobiográfica "Viaje al fin de la noche", una biblia para conocer la guerra desde adentro.
Tras la Segunda Guerra, condenado a muerte por colaboracionista, escapó a Alemania salvándose otra vez del fin. Desastrado, consumido por la nada, escribiría: "invocar la posteridad es hacer un discurso a los gusanos". Su destino había sido igual al de sus compañeros de armas, el de "animales humanos destinados a los grandes mataderos que acababan de inaugurarse".
Para hablar cabalmente de la guerra es preciso haberse sentido "condenado a muertes diferidas". Para legislar sobre ella, para darle oxígeno a su chamusquina, conviene escuchar la sentencia de Céline: "casi todos los hombres no mueren más que en el último momento; hay algunos, en cambio, que comienzan a debatirse frente a la muerte con veinte años de anticipación, y a veces más. Estos son los desgraciados de la tierra".
Los colombianos hemos crecido como desgraciados de la tierra, comandados por monstruos que amontonan para sí territorios, minas, plantaciones, ganados, bancos, balas, curules, absolución para sus fechorías. "¿Cuánto tiempo hará falta que les dure su delirio -continúa Céline- para que se detengan agotados al fin, esos monstruos? ¿Cuánto tiempo puede durar un acceso bestial parecido? ¿Meses? ¿Años? ¿Cuántos años? Quizá hasta el exterminio de todo el mundo, de todos los dementes? ¿Hasta que no quedara ninguno?".
En estos días, semanas, meses, se está jugando entre diálogos una probabilidad de extenuar este delirio bestial. Mientras larvas del Medioevo agitan trapos malvas con intención contaminante, un país asqueado vislumbra amaneceres explícitos ante el paisaje biodiverso. Los desgraciados de la tierra proponen el mismo deseo del novelista que viajó al fin de la noche: "podríamos dormir por lo menos una vez con el cuerpo y el alma enteros".
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