A sus 80 primaveras, el envigadeño Martín Uribe ha pasado más tiempo en contacto con el fútbol que durmiendo y comiendo. Abre la boca y está diciendo alguna verdad. Por ejemplo, que este mundial de Sudáfrica ha sido el peor de todos.
La cita mundialista me inspiró la idea de llamar a mi viejo entrenador en el equipo La Magnolia.
Hoy por hoy, el ronco Martín, diminuto, inteligente, memorioso, noble de profesión, sonriente, ejerce como veedor balompédico desde su despacho en el bar Las Nubes, situado al lado del hígado del parque de Envigado. Es toda una institución futbolística en la tierra del amor-cilla.
En 1943, cuando los travesaños de las porterías eran cuadrados, jugaba para el Andalucía. Cualquier día decidió exportar su talento y simpatía al Valle. Pudo más la saudade que la salsa y regresó.
Entre uno y otro nostálgico tas-tás, sus amigos de bohemia de billar y tinto cuentan que Martín fue gran arquero porque tenía el don de adivinar la trayectoria del balón.
Cuando la pelota llegaba a lugares inverosímiles, donde no se atreven las águilas, allí estaban esas manos de Martín que ahora miman a doña Olga, su mujer, y a su culecada de nietos y bisnietos.
Un buen día, en plenas vacas gordas de su talento, decidió colgar los guayos. Le dijo adiós al fútbol a la manera de los toreros: quedándose. Un domingo, el arquero de manos brujas -Biagi del gol- despertó convertido en severo árbitro.
Impartió justicia -y alguna injusticia- en ese deporte hasta que "una voz varonil dijo de pronto": Martín, la afición te reclama como entrenador. En ese destino lo conocí.
Anticipándose a Maradona, nos convencía de que éramos los mejores en nuestro puesto. Era un truco feliz para exprimirnos todo el juego de que éramos capaces.
Nos enseñó a disfrutar de los goles que hacíamos. Y los de la competencia. A todo señor gol, todo honor.
Como técnico, Martín, quien "confiesa 80 años y una moneda", era una mezcla de paloma del parque de Envigado con tigre. Desde su voz siempre ronca de tanto celebrar y lamentar goles, impartía cátedra con ternura y rigor.
Si perdíamos, sufría once veces por cada uno de nosotros. Si se nos acababan las lágrimas, nos alquilaba las suyas.
En su caso, una derrota era la cuota inicial de un infarto que nunca llegó a mayores ante la perspectiva del partido del domingo, lleno de gente y de paleteros que ofrecían sus delicias congeladas al ritmo de "Para Elisa", de Beethoven.
Siempre pensó que el hombre tiene la obligación de ser feliz. Trabajó para lograrlo a través del deporte. Escogió esta disciplina para darse a su prójimo. "He hecho de todo, menos el mal", me dijo la mañana que lo llamé por teléfono para decirle: Gracias, Martín, por el fútbol recibido.
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