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HISTÓRICO
Más de media vida metido en una alcantarilla
Gustavo Gallo Machado | Publicado el 29 de agosto de 2009
De los 50 años que tiene, El Topo ha pasado 31 habitando un desagüe del Río Medellín. John Jairo Zapata García es delgado, de estatura mediana, barba descuidada, piel amarillenta, manos callosas y ojos rojizos. No tiene dientes.

Vive con 5.000 pesos diarios en los días malos. Cuando le va mejor recibe 20.000 pesos, que obtiene a punta de lavar patrullas de la Policía, cuidar motos o, simplemente, del rebusque.

Su casa es un hueco incómodo, con una entrada de 50 centímetros de díametro, que tapa con un cartón de caja de cerveza. Adentro no hay luz, hace falta el aire para respirar, la ropa la tiene envuelta en una caleta y hay un colchón que acomodó en unas tablas. En el hueco también se ven un radio viejo, dos cobijas y un machete. En las noches las ratas y las cucarachas lo despiertan cuando ruñen sus piernas, su abdomen o su rostro.

Un estudio del Departamento Nacional de Planeación (DNP), de la Misión de Empalme de las Series de Empleo, Pobreza y Desigualdad (Mesep) y del Departamento Nacional de Estadística (Dane), para actualizar cifras de pobreza y desigualdad, reveló que la pobreza en Colombia descendió del 53,7 por ciento en 2002 al 46 por ciento en 2008.

Mientras en 2002 de cada 100 hogares 54 estaban en condición de pobreza, en 2008 son 46 hogares por cada 100. En situación de indigencia o pobreza extrema, se encontraban 20 de cada 100 hogares en 2002 y hoy son 18.

Estos datos muestran que en el país actualmente hay alrededor de 20 millones de ciudadanos pobres y 7,5 millones de habitantes en condición de indigencia, de un total de 44 millones de colombianos.

El Topo tiene cuatro hermanas que viven en La Estrella. No las echó al olvido porque de vez en cuando las llama para saber de ellas o para pedirles un favor cuando el rebusque no le da para subsistir.

Su vecino es el río Medellín, que en verano deja dormir con tranquilidad pero que, en invierno, se vuelve un monstruo que baja con una fuerza implacable. Esos días El Topo tiene que salir de su cueva con lo poco que tiene, a pasar el día, la tarde o la noche bajo un árbol, armado de un plástico, a esperar que el nivel del río baje y su casa se seque y a mirar si la borrasca dejó algunas de sus pertenencias.

Muchas veces las tripas lo despiertan porque el hambre acosa. A mediodía se come un pan, un arroz frío o unas sobras que le dan en algún restaurante. Como es conocido en el sector, la generosidad se vuelve su aliada y una buena caja de comida caliente le calma el ardor estomacal. En la noche la cena es mucho mejor porque, dependiendo del día, puede llevar a la cueva un pan con gaseosa, frijoles, chicharrón, huevo o lo que se atraviese. Reconoce que hay noches en las que se acuesta sin nada en el estómago y es entonces cuando es difícil conciliar el sueño.

Sin comodidades
El estudio de la Mesep, que se realizó en 300 de 1.098 municipios colombianos, calculó que entre 2002 y 2005 se detectó reducción de la pobreza, pero el índice aumentó nuevamente a partir de 2008 cuando inició la crisis económica mundial.

Los investigadores concluyeron que de 2002 a 2007 el país vivió expansión económica pero la crisis global interrumpió tal aceleración, así como el proyecto del Gobierno de dejar en 2010 en 35 por ciento la medida de pobreza. El informe también determinó que la línea de indigencia en Colombia se ubica en 2,50 dólares diarios y la de pobreza en 6,13 dólares diarios.

Las comodidades de El Topo son nulas. No hay acueducto o alcantarillado. Resulta absurdo pensar en un teléfono fijo, un celular o energía eléctrica. De Internet ni hablemos. Ha escuchado algo del tema pero no sabe qué es eso.

Tiene una novia que lo trae loco. Se llama Adriana y con ella comparte las tardes y las noches en el hueco. De cuclillas en la que es su casa hace 11.315 días, reconoce que la población indigente va en aumento. Con el conocimiento que le da vivir por más de 30 años en la calle, advierte que todos los días son más niños y jóvenes los que están poblando los rincones de las vías, llevados por el vicio, el rechazo familiar o el olvido estatal.

Conoce a los cientos de hombres y mujeres que habitan las orillas del río Medellín, donde viven, se bañan, ríen, lloran, pelean... y mueren.

La mayoría de estas personas está absorbida por el consumo de drogas y el alcohol. Topo reconoce que le gustan "los chorros (licor) y los diablitos (bazuco mezclado con marihuana)".

La calle es agreste y la mayoría de los ciudadanos lo rechaza por tener una vida de indigente. Pero El Topo ya se acostumbró a eso.

Su ropa la lava en uno de los chorros que salen al río. A veces ahí se baña. Para hacer sus necesidades fisiológicas busca un baño público o un lugar escondido.

Según la investigación oficial, los indicadores de desigualdad en el ingreso fueron considerados altos en Colombia, toda vez que el índice quedó en el 0,59 por ciento en una variable que fluctúa entre el cero y el uno, donde cero es plena igualdad.

De acuerdo con el DNP, en las 13 principales áreas metropolitanas del país, la pobreza disminuyó a un 30,7 por ciento en el 2008, desde el 40,3 por ciento en el 2002, mientras que la indigencia pasó a un 6,8 por ciento desde un 9,4 por ciento.

El Topo no tiene acceso a la salud ni está afiliado a un sistema pensional. Dice que terminó el bachillerato en el Liceo Superior de Medellín y que se quedó en la calle por una decepción amorosa. Los datos de pobreza e indigencia que entregó el Gobierno no los conoce y tampoco le interesan. Lo que sabe es que los indigentes como él son muchos y van en aumento.