Era domingo, domingo 15 de enero de 1978, el día en que Rosita, la empleada del despacho parroquial de la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, se casó en la misa de 11. Ella, que estaba en horario de trabajo, despidió a su esposo, Luis, en la puerta del templo y le susurró al oído que por la tarde se verían en la casa. Volvió a su oficina, se cambió el elegante traje blanco por otro corriente y salió a recoger la limosna de la misa de 12. Al día siguiente, llegó a trabajar normalmente, solo que embargada por la emoción de ser una mujer casada.
Ya jubilada, Rosita, como llama todo Titiribí a Rosa Inés Ramírez Ochoa, entrena a la nueva empleada del despacho. Recuerda que cuando llegó al cargo, el 3 de enero de 1971, el padre Miguel Betancur le encomendó el trabajo de elaborar unos índices en tarjetas de cartulina, de cada libro de la parroquia, para facilitar la búsqueda de partidas de bautismo y demás documentos.
El primero de esos libros, que mantiene tan a mano como el de este año, inicia con la firma del párroco José Miguel de la Calle, cura interino, en 1816.
El templo mantiene a los titiribiseños de celebración en celebración porque tiene varias fechas especiales. En 1775, Benito del Río regaló los terrenos para su construcción, lo mismo que la del parque. En 1813, terminó la edificación del templo y en 1815 fue declarado parroquia y Nuestra Señora de los Dolores fue designada patrona.
Será bicentenaria
El párroco actual, Gustavo Rendón, lleva 15 días. Antes había estado en la parroquia de Venecia. Sonríe al contar que está apenas conociendo las entradas y las salidas que comunican la casa cural con el templo, recorriendo las veredas y convenciendo a una de sus rodillas para que soporte el dolor en los empinados ascensos que abundan en este pueblo que lleva el nombre de un cacique nutabe.
"El párroco saliente, al entregarme el templo, me advirtió que tendría que preparar la fiesta de los 200 años para 2015".
Y por eso, el sacerdote mandó pintar el templo por dentro y tiene planes, para 2014, de hacerlo pintar por fuera y que carpinteros pelen las bancas, desnuden el color propio de la madera y lo cubran con laca transparente, pero no lo oculten.
Después de mostrarnos, en la casa, un espacio donde guarda los bultos de café que le regalan los campesinos en sus visitas a las fincas, nos guía en un recorrido por el templo. Nos muestra el cuadro de la Virgen de más de 200 años, situado en la mitad del templo, acompañado por un texto que dice:
"Este cuadro fue pintado por Benicio Muñoz en 1795. Fue venerado desde ese año en la capilla de Sitio Viejo y desde 1815 que fue trasladado a la población. Ha sido tenido en gran veneración".
Ese cuadro estaba cerca de la puerta pero un sacerdote lo trasladó al lugar actual porque, al parecer, el aire y tal vez el Sol, lo estaban deteriorando.
Y el sagrario, una obra hecha en plata martillada y con incrustaciones de bronce, según dice Eleázar Uribe, lugareño de más de sesenta años que no falta cada día para orar a ratos y disfrutar de "la frescura y la tranquilidad" del recinto.
El sacerdote lo involucra en la conversación y él, sentado en la primera banca, baja la vista de los capiteles para señalar en el sagrario los altorrelieves con símbolos cristianos como corazones, peces, anclas y un ave de largo pico que prefiere perder la vida a dejar morir a sus polluelos. "En otro tiempo —agrega Eleázar— había un órgano de tubos, pero a un párroco le dio por venderlo no se sabe por qué".
Rosita habría de contarnos más tarde que recuerda la polémica que se dio en el pueblo la vez que trasladaron este elemento del centro, donde estaba, para uno de los costados del altar. "Como a nosotros nos habían enseñado que el sagrario es el centro porque ahí está el Santísimo, era normal que la gente protestara".
Los expertos
"¿Usted quiere saber más del templo? Voy a llamar a Octavio Quintero. Él sabe todo sobre el templo y sobre el pueblo —y al cabo de dos minutos, me informa—: está enfermito en la cama y no puede atenderlos. Pero vaya donde Tomás Fernando Llano. Él fue profesor y también sabe".
La casa de Tomás Llano es un museo de lo paisa. Recuerda las fondas pueblerinas que se montan en la Feria de las Flores, con letreros de la picaresca antioqueña, bateas, cáscaras de palma, ollas, poncho. Y, claro, los universales versos del titiribiseño más ilustre, Ñito Restrepo, y el coplero concordiano Salvo Ruiz, pirograbados en una tabla.
"No, señor. No tengo respuestas. Pero espere llamo a Octavio Quintero y le pregunto. Está enfermo, pero él siempre me contesta a mí".
Tomás se ve pequeño, sentado en una silla de la sala, en medio de tantos elementos y detrás del pesebre de la mesa central, sosteniendo la bocina del teléfono contra su oído izquierdo. Vuelve para decir:
"Sí. La misa inaugural de la parroquia de Nuestra Señora de los Milagros fue en 1813. Yo no podía dejar que de mi casa se fueran con las manos vacías"
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