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HISTÓRICO
Ópera: vital frente y detrás del telón
  • Ópera: vital frente y detrás del telón | Durante el intermedio, retocan el maquillaje de protagonistas como Fernando Grassi, el Conde de Almaviva. FOTO JUAN DAVID MONTOYA
    Ópera: vital frente y detrás del telón | Durante el intermedio, retocan el maquillaje de protagonistas como Fernando Grassi, el Conde de Almaviva. FOTO JUAN DAVID MONTOYA
POR JUAN DAVID MONTOYA | Publicado el 08 de septiembre de 2012

Pocos pasos hay de la avenida Regional, vega oriental del Río Medellín, a la lujuriosa Sevilla del siglo XVIII que imaginó el dramaturgo francés Pierre Augustin de Beaumarchais.

En las tablas del Teatro Metropolitano se exhibe la versión del español Lorenzo Moncloa de Las bodas de Fígaro, una de las óperas más representadas de la historia; en sus palabras, una obra en la que “todo el mundo se quiere acostar con todo el mundo”.

Y en la trasescena, Sevilla, una especie de corte sin rey ni trono, renace en la cotidianidad de 1700 tantos. Cuando los actores apagan el histrionismo que obliga la ópera, hablan melodiosamente y no a través de melodías, el lugar parece un cuento en el que las personas quedaron congeladas en el tiempo pero todo lo demás no.

Doncellas, condes, pajes y cortesanos caminan, sonríen, comen, lloran y se emborrachan. Ocultos del público, entre bambalinas, los miembros del elenco pueden ser los hombres y mujeres de hoy en trajes que se usaron 250 años atrás.

Vestidos con robes, chinelas, chupas, casacas y jubones, los actores contrastan en el teatro moderno que más allá se levanta con sus luces cegadoras y altavoces potentes.

Bajo las tablas, los camerinos de las estrellas; los tocadores de los 35 coristas. Uno de ellos, Paulo César Espinosa -moreno, bromista, cachetón-, celebra que el reflector mediático ilumine a los ‘secundarios’. “Es la primera vez que entrevistan al coro”, comenta el tenor.

Mientras avanza el segundo acto, en el que la Condesa que tiende una trampa a su esposo, los coristas descansan de su primera aparición.

Recuerda José Darío González que el coro de Prolírica empezó como la reunión de un grupo de empíricos bien intencionados y que, durante los últimos 15 años, se ha transformado en la escuela de músicos profesionales y jóvenes voces que son el futuro de la ópera.

El eco de los aplausos opaca la cálida voz de José Darío. Entonces Ángel Simón agrega que el coro cuenta con integrantes de notables voces que no superan los 18 años.

Sin zapatos, con unas medias blancas chorreándose de sus pies, este venezolano recién llegado a Medellín cuenta que se estableció en la ciudad buscando un espacio para dar a conocer su voz de bajo.

A pocos metros de allí, en una habitación que es guardarropa y a la vez centro de operaciones, Isabel Bernal y Camilo Álvarez se mantienen alerta, atentos ante cualquier inconveniente con el vestuario que presente alguno de los cerca de 50 actores.

“Prolírica es muy clásico. Siempre le gusta que todo sea muy fiel a la época”, dice la diseñadora de modas, que le reprocha a Carlos Mario Cano que no sea capaz de hacer “ni una puntada”.

Moreno, labios rojos, “cara de indio”, según él mismo se describe, es jefe de vestuario, corista y utilero; el todero dentro de los toderos. ¿Cómo hace para coordinar todo el engranaje y además actuar? “Muy buena pregunta”, responde. Luego se toma un vodka “para calentar la voz”.

Minutos después, en el intermedio, el ejército de músicos de la Sinfónica Eafit inunda la parte más baja del Metropolitano. Se vacía el pozo de la orquesta.

Tercer acto. César San Martín camina ensimismado tras el escenario. Repasa una y otra vez su papel como Fígaro, el pobre y enamorado Fígaro. Kathleen Berger, con sus caderas rellena de almohadas, se mete en el papel de condesa.

Un ruido la desconcentra. “Shhhh”, responde. La segunda y última función de Las bodas de Fígaro están llegando a su fin. El equipo artístico, unas 150 personas, discute la forma en que saldrán a saludar al público, a decir gracias también ustedes, espectadores, por venir. Y pagar.

Los responsables de la escenografía se niegan a dar la cara. Gordana Todevska , la diseñadora, no se siente bien hoy. “Salgo cuando estoy contenta”. Juan Camilo Zapata, su mano derecha, prefiere mantenerse al margen porque, dice, “los escenógrafos y tramoyistas recibimos los aplausos tras bambalinas”.