Mientras la piedad "vive de incógnito desde hace mucho tiempo", como dijo María Zambrano, la impiedad entre nosotros muestra descaradamente su atroz catadura. La piedad, sin embargo, vive, encubierta por la compasión, más afín a las sensibilidades contemporáneas. Y alienta, aunque débil y calladamente, en todos aquellos para quienes la dignidad de la persona sigue siendo un referente fundamental e irrenunciable de su orientación en el mundo.
Esta virtud (o valor), una de las más antiguas de la humanidad, está ligada al hombre desde sus orígenes, a través del concepto de lo sagrado, propio de la religión y el culto a los muertos, según lo han demostrado la arqueología y la antropología. Entendida inicialmente como el hábito que permite dar el trato adecuado a lo divino, posteriormente se extendió al ser humano, en particular a los muertos, entendiendo que en ellos aún late su grandeza, lo que los reviste de un carácter sagrado que es necesario reconocer y celebrar de manera postrera, a través de actos piadosos. Ello explica la aparición de los enterramientos, embalsamamientos, ofrendas y ajuares funerarios y, en general, ritos fúnebres, presentes en todas las culturas a lo largo de la historia. La tragedia de Antígona, cuya perennidad y capacidad para conmover todavía reconocemos hoy, propone este tema: la hermana que asume su muerte como castigo por haber cumplido ritos funerarios de purificación e invocación al hermano muerto en combate, a pesar de la prohibición del gobernante. De esta manera Antígona se ha mantenido a lo largo del tiempo como modelo, no sólo de amor fraterno, sino de piedad hacia los muertos, uno de los más antiguos y profundos deberes morales en la conciencia humana. Profanar los cadáveres, arrojarlos a los ríos o a fosas comunes, enterrarlos superficialmente, lejos y al margen de sus deudos, como sucede entre nosotros, ha sido siempre en todas las culturas, un acto de impiedad que sólo cometen aquellos considerados infames. Impedir que los deudos cumplan con el rito piadoso de la purificación del cuerpo y de la invocación a su espíritu, negar la posibilidad de que la voz del doliente sea llamada y lamento, que la mano en la caricia reconozca el cuerpo amado, que la mirada descifre en el rostro mudo un último gesto, no son otra cosa sino expresiones radicales de deshumanización y barbarie que nosotros nos conformamos con lamentar privadamente.
En este orden de ideas, la entrega de los restos del mayor Guevara por parte de las Farc, no fue un acto humanitario. Fue la conclusión impía de una serie de actos de impiedad que seguirán repitiéndose mientras la dignidad del ser humano no sea reconocida y respetada en esta sociedad, como lo propone el Centro de Fe y Culturas.
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