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Reparando el refugio del alma

UNA INTERVENCIÓN A la historia de un médico cirujano que lleva 1.000 operaciones de corazón abierto en seis años. Él apenas tiene 37 años. Esta es también la historia de un corazón roto que se sana.

  • Reparando el refugio del alma | Henry Agudelo | El corazón, el órgano más importante del sistema circulatorio, es un puño de sangre que tiene vida propia y es la obsesión del doctor Alejandro Escobar, quien en el Instituto Corbic de Envigado, lleva 447 operaciones a corazón abierto. El homenaje a la vida de un hombre que ama lo que hace.
    Reparando el refugio del alma | Henry Agudelo | El corazón, el órgano más importante del sistema circulatorio, es un puño de sangre que tiene vida propia y es la obsesión del doctor Alejandro Escobar, quien en el Instituto Corbic de Envigado, lleva 447 operaciones a corazón abierto. El homenaje a la vida de un hombre que ama lo que hace.
22 de mayo de 2010
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Esta es una pelea perdida que se puede ganar. En una esquina está el corazón obstruido de Teresita del Niño Jesús Escobar y en la otra, la muerte. En la mitad, con una mirada serena, está el doctor Alejandro Escobar.

Son las seis y media de la mañana. En el quinto piso del Instituto Corbic de Envigado hace frío. Frío que pega los pies al suelo, frío que empaña los vidrios. Por una puerta transparente Alejandro observa el cuerpo disminuido de Teresita mientras la preparan a ella para la cirugía.

Alejandro está preocupado. No es una operación cualquiera. Es verdad, una operación a corazón abierto nunca es una cirugía cualquiera, pero las esperanzas con ella se reducen: el día anterior, apenas sobrevivió a un infarto mientras le practicaban una intervención abdominal y, mientras reposaba, los pulmones comenzaron a inundarse de agua debido a su falla coronaria.

En la mitad de la reflexión camina hacia la sala de espera. El frío no cede. Allí se encuentra con la hija de Teresita, quien tiene los ojos chiquitos y comparte la expresión de tensión. Alejandro le explica los riesgos y los agravantes: "debemos tener claridad que Teresita tiene 76 años y está muy débil", dice.

La hija acepta resignada, sabe que solo le quedan tres opciones para que su madre sobreviva: las dos manos del doctor y el Espíritu Santo. Antes de cualquier invocación personal, Alejandro se devuelve para la sala. Para él está claro que la relación con los pacientes debe ser profesional. "Involucrarse más es salirse de la operación", comenta y recuerda la vez que una señora le contó en la vigilia de una cirugía delicada que no tenía con quién dejar sus hijos. "La operación se complicó un poco y solo pensaba que si esa señora se me moría ahí, me tocaba -confiesa- salir a buscar refugio a esos niños".

Desde entonces, la relación se reduce a informar lo necesario y ya. Sin embargo sigue pensativo. La operación de esta mañana consiste en darle puentes coronarios a cinco arterias que están obstruidas y no permiten que el corazón y las funciones corporales que tienen que ver con él se cumplan de forma adecuada.

Cuando regresa Teresita ya está anestesiada, lavada y lista para iniciar la operación. Ayudado por una enfermera, Alejandro se pone el traje de cirujano. Parece una coronación imperial: lentes, luces, delantal y guantes. Finalmente se acerca al Ipod y lo enciende: Let's get it started de los Black Eyed Peas. Son las 8 y 40 de la mañana y el frío continúa.

Dos
El primer corazón que tuvo en la mano estaba apuñalado, porque todo lo que llegaba a la sala de urgencias de la clínica donde hacía su residencia de cirujano llegaba así, cortado, lacerado, partido en dos por la violencia.

Alejandro esperó por ese momento toda su vida. Había estudiado cinco años de medicina y dos de cirujano para tener ese órgano entre sus manos, para repararlo, para curarlo y todo lo que estudió se limitaba, en ese momento, a sanar un corazón mutilado por un puñal de la calle.

La obsesión le comenzó por el abuelo, Antonio Escobar, uno de los fundadores de la Clínica Cardiovascular de Medellín. Aunque estaba presente en todos los ámbitos de la casa, el abuelo se había opuesto a que su hijo, el papá de Alejandro, continuara la profesión.

-No sabemos si en el futuro los médicos serán independientes o simples empleados- sentenció el patriarca.

Sin embargo, el sino de la familia estaría marcado por el corazón. El 80 por ciento de sus 11 tíos sufre de alguna enfermedad coronaria. Lo confiesa así, estadísticamente, porque no sabe darme un dato exacto. Pero el diagnóstico es aún peor: su papá, un empresario exitoso, sobrevivió a una operación que le hicieron a corazón abierto cuando tenía 34 años, tres años menos de los que tiene él ahora.

Recuerda, eso sí, que aprendió que las enfermedades coronarias en la familia eran, evidentemente, un asunto genético. El corazón era algo que lo podía matar a él, a sus 11 tíos y a su papá en cualquier momento.

Entonces se le aceleró el afán por ser médico. Tanto que no se aguantó los seis meses reglamentarios de espera antes de hacer el rural cerca de su familia, sino que mandó hoja de vida a los dos destinos más exóticos del país, donde podía cumplir de una vez ese requisito: Amazonas y el Chocó. Amazonas respondió primero.

Ahora, seis años después de graduarse como cirujano cardiovascular, tiene en su lista unos 1.000 corazones intervenidos con apenas 37 años. La cifra de lo que ha hecho en Corbic abruma: 447 cirugías en tres años. Una cada tres días.

"El corazón es una adicción", explica.

Tres
Para llegar hasta el corazón, hay que cortar la grasa subcutánea del pecho, partir con una sierra en dos el esternón y retirar el pericardio. Este procedimiento se hace en pocos minutos, de forma artesanal y es él quien se encarga de todo. Solo recibe la ayuda de Diana, la instrumentalista que, sin decirle nada, solo con una mirada, ya sabe qué pasarle.

Después de varios segundos de expectativa, aparece ese puño de sangre vivo que se mueve de un lado a otro. Los ojos de Alejandro brillan. "El corazón es una adicción".

Este es el momento más delicado de la operación. Para estas intervenciones el corazón debe estar quieto, paralizado por completo y sin una sola gota de sangre en su interior. "Se hace un procedimiento que se llama circulación extracorpórea", me explica Virginia Cossio, la enfermera jefe y se reduce a que una máquina llena de tubos y válvulas que parecen contadores de billetes, se convierte en el corazón del paciente.

En el momento en que el corazón se detiene por el potasio que le inyectan, Alejandro inicia una carrera contrarreloj: debe injertar cuatro pedazos de venas nuevas que van desde la aorta hasta el corazón y que servirán como puentes a las obstrucciones, en menos de 120 minutos.

"Después de ese tiempo, si el corazón continúa detenido, es muy difícil reanimarlo. Y si lo logra, queda con secuelas muy severas", dice Alejandro.

La cirugía es básicamente coser. El tejido que le sirve a Alejandro para hacer su puente es la vena safena, ubicada en la pierna, que será reemplazada por otros tejidos. "El cuerpo viene con repuestos", explica.

Coser en el corazón. Coser en la aorta. Coser varias veces, con diligencia pero con precisión. Así, una hora exacta, 60 minutos en que el único movimiento de las manos en que la hija de Teresita confía la vida de su madre se mueven al ritmo de una aguja curva y una especie de hilo. Es el movimiento de la pelea, la muerte está arrinconada, el corazón de Teresita del Niño Jesús sale de la esquina por el round final.

Pero algo se complica. Lo que tanto temía Alejandro sucede: la fragilidad del cuerpo de Teresita y las traumas de los días anteriores hacen que el corazón, cuando recobra su movimiento, navegue en sangre. Durante media hora, Alejandro intenta cortar cualquier fuente de sangrado, pero la tarea parece imposible. La tensión oscurece sus ojos de nuevo.

Entonces la muerte manda su mejor golpe y la vida de Teresita flota por unos segundos en el vacío.

Pero son muchas operaciones, son muchos corazones, ya lo conoce de memoria y logra, después de muchos intentos con compresas y gasas, que todo vuelva a la normalidad.

Como si fuera rebobinando una película, Alejandro vuelve todo como estaba al principio: pone el corazón en su cavidad correspondiente, cierra el esternón con alambres y cose el tejido subcutáneo con algo parecido al nylon. Sonríe mientras se quita las gafas y el escalpelo. Está tranquilo, la muerte ha sido derrotada una vez más.

-Alejandro, después de tantas operaciones, ¿qué es para vos el corazón?

El doctor sigue sereno. Tiene muchas respuestas, las ha leído todas y él mismo las ha construido desde el punto de vista médico, pero responde con lo primero que se le viene a la cabeza.

-El corazón es el refugio del alma.

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