La vida del residente es dura: se encuentran en un punto intermedio entre ser estudiantes y a la vez profesionales responsables de la salud de los pacientes. Deben cotizar con base a dos salarios mínimos y no reciben ningún pago... y su trabajo poco tiene que ver con lo que muestra la televisión.
Lo dice la residente de medicina interna, Adriana Vanegas, en una jornada en Policlínica, la unidad de urgencias del Hospital Universitario San Vicente de Paúl.
Ella se graduará el próximo 9 de julio, tras haber experimentado y rotado por nefrología, reumatología, cardiología, urgencias, entre otros servicios tanto en Policlínica como en otras instituciones de la ciudad.
"Los residentes no tenemos clases, todo el tiempo son prácticas con pacientes. Y siempre estamos bajo la supervisión de un docente o de un médico internista (que se encarga de las enfermedades crónicas de los adultos, como diabetes descompensadas, hipertensiones de difícil manejo, enfermedad coronaria, infartos, entre otras) que da el aval a los procesos", cuenta.
De la pantalla al quirófano
Uniforme azul, fonendoscopio siempre colgando sobre el pecho, como un adorno utilísimo. Camina entre los pacientes, ausculta a éste, oye el corazón de aquel, atiende un dolor allí, una pregunta acá. La de este viernes ha sido una mañana calmada en el servicio de Urgencias. Pero las noches de fin de semana, anota, son de trabajo total por los accidentes y los hechos violentos, hay acción, como en las series de televisión.
¿Y sobre los amoríos, como se ven en la pantalla? Se ríe y dice: "Acá no son tan papacitos y tampoco hay un cuartico especial y mucho menos el tiempo para darse la escapadita".
¿Envidias? hasta ahora no le han tocado. Ella dice que entre compañeros se apoyan y se complementan, lo que aporta al aprendizaje. Además, los profesores y médicos que la han acompañado en este período, se han portado bien. "La relación ha sido muy cordial", apunta.
"Hay pacientes que llegan muy mal. En el servicio de urgencias se ven muchas cosas, hay unas situaciones muy duras, incluso algunas le recuerdan a uno algún caso familiar. Pero no se puede hacer contacto con los sentimientos, eso sí, no se debe perder la parte humana que es lo principal. Pero tampoco afligirse por cada por cada enfermo o herido que llegue, pues hay que tener la cabeza fría y ser muy objetivo para atenderlos", concluye
No solo parece duro, así es. Adriana todos los días trabaja entre la vida y la muerte, ella lo escogió y es lo que la hace feliz, ayudar a salvar vidas es quizá su mayor motivación.
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